miércoles, 3 de junio de 2009

La Grieta

K pertenecía a esa resbaladiza escala social de los considerados chocantes, insólitos, inexplicables, estrambóticos, raros, cuando no directamente unos majaretas. Perdidos para siempre.
Su aspecto no distaba mucho de aquel de un bohemio artista fuera de temporada, moda, lugar o del mundo.Una enmarañada cantidad de cabello negro, subversivo e inquietante se desmoronaba sobre su blanquecino rostro como un telón teatral que sólo a veces -una brisa inesperada, un interés ineludible, una apetitosa mujer- se entreabría.
La vestimenta de K parecía adquirida de algún arqueológico filme español en blanco y negro de los años pretéritos.
Todo ello no dejaba de ser el eufemismo, disfraz y coraza con los que defenderse ante lo demás, con los que parapetarse frente a lo ajeno e inevitable. Mas aquella conjunción de abalorios y artificios varios serían también, fatalmente, la misma coraza y disfraz que acabarían por hundirlo.
K prodigaba gran parte de su tiempo en escribir blasfemias e irreverencias de todo tipo y maneras, poemas de amor y desamor, graciosillos ditirambos a amistades improvisadas o arengas incendiarias contra la urbe y el orbe, todas ellas con una tiza blanca en cualquiera parte urbana que le sirviera cual pizarra o encerado. También acostumbraba a cincelar sus palabras a punta de navaja en árboles, bancos de los parques y mesas de café antiguo.
Por las noches merodeaba, ávido de contacto humano, por los bares, tabernas, pubs, bagueterías de moda o pasados de ella como un animal sediento de alcohol y codicioso de protagonismo y atención del personal, a quienes narraba o recitaba a grandes voces el último relato o poema urdidos en su mente, mientras un humeante porro bailaba nerviosamente en la comisura de sus labios.

Una de aquellas noches merodeantes de bares, K conoció a Y, otra perfecta tarada, alcohólica y maestra en el arte pictórico.
Y se hallaba en un tugurio de penas, olorosos y destilados varios sentada al fondo, en la última mesa, sola, con unas chocarreras gafas de sol, bebiendo y fumando poco más o menos que a la par.
K entró al local y, al comprobar que la concurrencia era tolerable, inició una exaltada diatriba contra el capitalismo feroz, los latrocidas bancos, los ladrillos burbujas y todos aquellos agujeros negros del universo terrícola que nos habían hundido directamente en la mierda.
La tolerable permaneció a lo suyo antes, durante e incluso una vez K dio por concluida su incendiaria perorata.
Sólo Y, al fondo del cuchitril, se levantó y aplaudió con achispado y apasionado entusiasmo las palabras de aquel personaje que pedía un coñac al inicio de la barra.
Se dirigió hacia él, trastabillándose con la concurrencia, y se pidió un coñac junto a K. El telón teatral de este se entreabrió. Vio a una mujer de su misma edad o cercana a ella. Un rostro, el cabello rubio despeinado, enturbiado por el alcohol pero con cierta belleza incrustada en él. Vio unos pechos pequeños bajo una ajustada camiseta algo arrugada. Vio también unas faldas muy cortas y unas piernas al aire que lo convencieron de pleno. Pidió otro coñac y la invitó a ella.
Inevitablemente se enamoraron bárbara y tóxicamente el uno del otro y terminaron la noche en casa de Y. Follaron sin parar como torpes y lerdos salvajes.
Al amanecer K decidió abandonar el sórdido habitáculo en el que vivía en la parte vieja de la ciudad e instalarse en el luminoso estudio de Y. Ella estuvo de acuerdo, lo besó y le instó alegremente a hacerlo con rapidez. K cayó en la cuenta de que Y llevaba puestas las gafas de sol.
A media mañana allí estaba K con una triste maleta, una especie de neceser y un arcaico portátil. Lo puso todo en un rincón y contempló a Y, recién duchada, con sus gafas.
-Acomódate, estás en tu casa, -dijo con voz arrugada.
Y añadió:
-Yo tengo que salir.

El estudio no era muy amplio, pero tenía gran claridad. En uno de sus muros se acumulaban lienzos tapados por telas de color blanco. Por el suelo se amontonaban latas de pintura y todo tipo de material pictórico. En el centro se hallaba, como presidiéndolo todo, un caballete con un lienzo aún sin iniciar. En otra de las paredes una pequeña cocina de gas y una alacena en lo alto con diversos víveres y bebidas alcohólicas. Junto a la cocina una nevera de pequeño tamaño. En la pared más grande, junto a unos amplios ventanales,un colchón con las sábanas y la manta desbaratadas, y justo a su lado una mesita y un guardarropa. En frente una pequeña mesa de madera, en la que K colocó su portátil. Se sentó en la silla, también de madera, y puso sus nimias pertenencias bajo el mueble. Observó lentamente la habitación y vio que junto a la entrada había algo parecido a un cuarto de baño.
K buscó un enchufe que por suerte halló justo bajo la mesa. Conectó el portátil y esperó a que este se inicializase. Cuando terminó este proceso, se introdujo en el documento en que estaba trabajando. La Grieta, se leía en lo alto de la pantalla en blanco.
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Y regresaría pasadas un par de horas. Entró en el estudio y contempló a K sentado frente al portátil.
-Hola, ¿qué haces? -dijo acercándose a la mesa- ¿Sabes?, formas un bonito claroscuro -añadió.
K entreabrió su telón y la encontró frente a él, observándolo a través de sus gafas oscuras.
-Es mi gran obra -musitó frente al ordenador casi vacío de palabras.
-Muy bien. La mía está ahí, en el centro -respondió Y señalando el caballete virgen, con la ironía bailando bajo las gafas.
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(continua abajo)

5 comentarios:

antorasba dijo...

Muy bueno, este es tu estilo espero continues me ha gustado mucho.
ccina = cocina

jose rasero b. dijo...

Gracias por corregirme la errata, antorasba. Cuando encuentre mi estilo lo alimentaré bien y le daré mucho cariñito. Besos.

RECOMENZAR dijo...

Te encontré me gustaron tus letras y tu danza con elllas
besos

Anónimo dijo...

Siguiente capítulo, por favor que me he enganchado. Natalia.

eva- lazarzamora dijo...

El principio es como "dias de vino y rosas" veremos el siguiente capîtulo, a mî me enganchan todo este tipo de culebrones.. pero que mucho, no lo sabes tù bien.
Un beso.