miércoles, 20 de mayo de 2009

Cruce de caminos

Aquella tarde de rosas o neblinas el andén se hallaba repleto de gentes pero, cosas del azar o el infortunio, dos viejos amigos fueron a topar el uno contra el otro en aquel océano de vidas apresuradas. Ninguno de los dos recibió con mucho agrado el casual encuentro, pero los dos lo celebraron con inusitada algarabía. Ernesto viajaba seguramente a ninguna parte, huyendo de no sabía muy bien qué, acompañado por sus propias ausencias. Raúl venía de un claro ayer y se dirigía a una certidumbre, en clase turista. Su equipaje le hacía compañía. ¡Qué cosas!, bromearon ambos al comprobar que serían compañeros de viaje. El uno frente al otro. Sus miradas amables se dispusieron a sobrellevar aquel trayecto inesperado y ya inevitable. El tren incició su marcha y los viejos amigos repasaron someramente sus vidas desde la última vez, que los dos recordaban vagamente, recién terminados sus estudios. Ernesto era jefe de algo, en alguna empresa dedicada a algunos negocios. Estaba separado. Su único hijo se llamaba Ernesto. Raúl tenía un taller de bombillas al que llama Edison-Göbel. Con siete empleados. ¿Sabes cómo se hace una bombilla?, le decía entre risas. Tenía una mujer llamada Irene. No tenían hijos. Cuando sintieron las piernas adormiladas marcharon al vagón restaurante. Allí pidieron dos cervezas y algo de picar. Después pidieron más cervezas, y luego más. Y bromearon y dijeron tontadas un buen rato. Al cabo de unas carcajadas, los dos quedaron en silencio, en la nube ebria del vaivén compartido.
-Sabes, Raúl, ahora, al verte... Estoy cansado de la vida -dijo Ernesto, perdiendo la mirada en el paisaje.
Raúl, sorprendido, pasó una mano por el hombro del amigo.
-Vamos...
-¿Sabes? No creo en nada...
-¿Y tu hijo?
-Él no cree en mí. No se lo reprocho.
-Algo habrá.
-No sé dónde voy. Pero sé que no hay vuelta.
-¿Y el trabajo?
-Me cansa dar órdenes.
El silencio se hizo de nuevo entre los dos, ahora profundo, distante y reflexivo.
Raúl venía de celebrar la boda de uno de sus empleados. Se dirigía a su hogar, a su mujer, a su taller. Era enormemente feliz.
El vaivén y las cervezas hizo que cayeran en un sueño de intermitencias.
Al rato el traqueteo y los sonidos de una nueva estación los despertó. Miraron los dos hacia el andén.
-Me bajo aquí -dijo Ernesto.
-¿Aquí venías?
-No. Pero algo me dice que lo haga ¿Sabes?, sentirse libre facilita algo las cosas. Me ha nacido una fuerza, no sé. Gracias, amigo .
Ernesto ya bajaba hacia el andén.
-Adiós.
Raúl miraba a su viejo amigo, y lo despedía con un gesto leve de la mano. Una enigmática tristeza se había instalado en su corazón.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Se4 quedo jodido raul?

Colectivo Cagarrutia dijo...

Muy buena tu narración... Primero que efectivamente la hipocresia nos lleva a veces a hablar con alguien que fue amigo, pero que en un momento dado no nos apetece hablar con él.

Luego la reunión, aunque sirvió como reverdecedora de la amistad deja un poso amargo en los dos. Y es que tanto el que se queda como el que se baja del tren parece que no saben que camino seguir. El peligro es cuando te bajas del tren pero en marcha.

Bezos.

P.S. He visto que te has hecho seguidor de CAGARRUTIBLOG. Gracias, te invito a colaborar allí. Y, al mismo tiempo me ha servido para descubrir este post tan bueno.

Thiago dijo...

Por cierto, perdona, es que soy Thiago.

jose rasero b. dijo...

Muchas gracias, Colectivo, por el estupendo comentario que me has dejado
Bienvenido, Thiago, estás en tu nave

Belkis dijo...

Me gusta la narracción y lo que encierra, las tristezas, los sinsabores, las frustraciones, como la vida misma. Tomar decisiones es fundamental. Un abrazo José

jose rasero dijo...

Encantado de que me leas, y te guste, Belkis
Saludos