lunes, 11 de mayo de 2009

Derrumbe.

Lo comprendo, Paula. Yo estaría igual. Sé que es para enfadarse, y mucho. Sé que te prometí no volver a hacerlo. Pero, déjame decirte, por favor. Todo es mucho más sencillo de lo que parece. Sí, ya sé, ya sé, las pruebas me inculpan, pero sólo aparentemente. Han sido un cúmulo de circunstancias las que se han dado para que al final parezca ser lo que no es. Porque no es lo que parece. Ya, Paula, ya. La frasecita se las trae. Lo sé. Pero qué quieres, no hay otra, es la que tengo. Verás. Han sido días muy difíciles para los dos. Bien complicados, sí señor. Y ya va para dos meses el asunto. Precisamente cuando todo parecía ir de lujo. Mira que andábamos bien. Y tuvo que sonar el puto timbre.
-Tienen diez minutos para desalojar la casa. Cojan lo imprescindible.
La Policía Local. Desalojo por peligro de derrumbe. Así, por las buenas. Porque ni tú ni yo habíamos escuchado una palabrita. Es que ni un solo vecino nos había comentado nada de las putas grietas. Ni media, vamos. Y ya podían, ya. Ni la mismísima casera había dicho esta boca es mía. Y nuestro ático recién pintado además. Si es que todavía nos estoy viendo, sentaditos en el sofá tomando el café recién levantados, comentando cómo colocar los muebles, dónde irían los cuadros, de qué manera pondríamos cada detallito en nuestro nido. Y allí que estaba sonando el puto timbre. Y los dos locales. Que daban miedo.
-Tienen diez minutos para desalojar.
De piedra me quedé. Es que me daba algo.
-Cojan lo imprescindible.
¿Y cómo se supone que puede uno decidir en diez minutos qué es lo imprescindible para uno? ¿Y cómo coño puede uno saber qué le será imprescindible diez minutos más tarde? ¿O dentro de media hora? Claro, claro. Lo puesto, unas mudas, las cosas de aseo, algún libro. ¿Y papeles? ¿Cogemos papeles imprescindibles para algo? ¿Será imprescindible tener no sé qué mierda de papel dentro de diez minutos? De locos. Como si te dijeran ¿qué se llevaría usted a una isla desierta, caballero? Y los nervios, ¿eh? Porque se pone uno malo. Sí, cariño, ya sé que casi me pongo a llorar. Vale, Paula, vale. Me puse a llorar como un condenado bebé, ¿qué quieres? Pero te di un abrazo bien fuerte para transmitirte fuerzas, no me negarás. Un buen abrazo, sí señor. ¿Y qué llevamos al final? Ya ni recuerdo. Dos bolsas de nada cada uno, ¿no?, claro, sí, si al llegar abajo fue para morirse, no sabíamos si de vergüenza o de miedo. ¡La gente con los televisores! ¡Con los microondas! ¡Las tostadoras! ¡Mochilas rebosando bolsas con comida! ¡La calle rebosando maletas cargadas! Y nosotros con nuestras dos bolsitas que parecíamos gilipollas. Y, oye, que nadie explicaba nada, ¿verdad? Pero nada en absoluto, vamos. Allí nadie sabía. Todo eran no más que gritos. La casera peleando con la loca del primero por los pagos, los otros hablando no sé qué de los contratos. Y la Local allí. Tan fuertes, tan altos, tan guapos. De brazos cruzados. Eso sí, me firman aquí, me rellenan allá. ¿Cómo? Cariño, pues claro que sí, si quieres que te aclare bien el asunto todo esto es importante, porque todo esto tiene que ver con lo ocurrido. Lo explica. Quiero que lo entiendas bien, mujer. Que sí, que ya sé que las pruebas están ahí. Pero yo te demostraré que son sólo circunstanciales. Así que escúchame, haz el favor. Ya termino.
Después sin más nos mandaron a esta asquerosidad de pensión que no queríamos verla ni de lejos, oye. Y ahí comienzan las peregrinaciones al Ayuntamiento. ¡Que no teníamos contrato! ¡Que demasiado era meternos en este antro! ¡Que gracias teníamos que darles! ¡Que sin contrato no había nada que hacer! ¡Y que si no queríamos, pues a la puta calle! ¡Que así son en Urbanismo! ¡Que la jodida casera había desaparecido por arte de magia!
Que tú te fuiste a casa de tu madre, porque claro, aquí no cabíamos los dos, dijiste. Que aquí me quedé yo solo porque yo en casa de tu madre no pensaba entrar. Que ya te había dicho que yo allí no volvía a poner los pies en mi vida. Que iban a ser dos días y ya llevo dos meses en este apestoso cuartucho. Que les he puesto nombrecito a las cucarachas. Que ésta ventanita que ves da a un estercolero lleno de inmundicias. Que es pleno agosto y me muero. Que el puto baño es comunitario. Que los vecinos dan miedo. Que la calle más. Que estoy hasta los mismos, Paula. Que ahora tú vienes y ves una botella de coñac medio vacía y su vasito al lado y me dices que si he vuelto a beber. Que se acabó. Que no aguantas más. Que te había prometido no volver a hacerlo. Y que yo te cuento todo esto para explicarte que no, joder, que no he vuelto a beber, Paula. Que no es lo que parece. Que nunca te fijas en nada, Paula. Que hablas y hablas y no miras las cosas, querida. Que no has visto bien el vaso. Que el vaso tiene carmín bien clarito en el borde. Que yo no uso carmín. Que la botella no es mía.
Que fue ella quien la trajo.
Paula.

4 comentarios:

Carmela dijo...

Muy bien, me encanta, es muy sentimental y expresivo.
Muchos besetes!!!
Sigue escribiendo.

Mar dijo...

Ufffffffff, solo espero que no seas tú el protagonista...

Besitossssssssssss

Alejandro Ramírez dijo...

Extraordinario monólogo, lo arrastra a uno por toda la historia con gran fuerza. Muy buena historia.

Un abrazo.

jose rasero dijo...

¡Hola Carmela!
Mar, esto es literatura. Besos.
Saludos, y gracias Alejandro.