miércoles, 10 de junio de 2009

El informe




Según el informe su nombre es Rodolfo Amores Cifuentes, de 42 años.
Sí, señor.
Estado civil, soltero, y profesión, mecánico.
Correcto, señor.
Siéntese ahí, y proceda a leer en voz alta el resto del informe.
De acuerdo, señor, si usted lo dice.
"Bueno. Yo creo, no estoy seguro, estas cosas no se sabe muy bien cómo se te meten en la cabeza y ya ahí dentro pues van desarrollándose, ¿no? Le digo que seguramente sería aquella tarde que estaba con los niñatos cuando comenzó a rondarme la cabeza la cosa. Los niñatos trabajan para mí en el taller. Uno de ellos se casaba y estábamos celebrando en una terraza del Paseo Marítimo. A la anciana ya la había visto yo antes, ¿sabe? Voy mucho a ese bar. Por las tardes da un solecito rico. No aquel día, había llovido y estaba nublado. A lo mejor fue el paraguas lo que hizo que me fijara más en ella. Tenía un color chillón y a ella se la veía tan frágil, parecía que fuera a salir volando. Entró en su portal. Los niñatos estaban ya medio tarimbas, y es que es lo que yo digo, hay que saber beber, y estos jovencitos es que parecen colegialas. Pero aun así querían más, los cabrones, así que los llevé en el carro a un club de las afueras. Allí seguimos tomando, y yo les busqué unas camareras, para los cuatro ¿eh?, que el homenajeado también quería mojarla, el muy pasmao. Para mí no, señoría, yo no soy de putas. Y después, que para mí que ninguno funcionó bien, jajaja, los fui dejando a cada uno en su casita, para que luego digan. Y ya no los vi hasta el lunes en el taller. Los fines de semana no hago gran cosa yo. Saco al perro, Ladrón, voy a ver a mi mamá, y almuerzo con ella. Está solita. Mi viejo murió hace tiempo, el muy hijoputa. Yo la veo y estoy un buen rato con ella. Le hace bien. Me habla de sus cosas y yo la escucho. Me pregunta por las mías y yo le cuento. Y vemos la tele juntos. Ella siempre dice que no vale nada, que no echan más que tontadas, pero la vemos los dos, agarraditos de la mano. Pero sólo los fines de semana. El taller lo tengo en la parte vieja de la ciudad. Va bien el negocio. Y es lo que yo me dije, los coches los hacen tan malamente, que este negocio tiene que funcionar, coño... perdón, señoría, ya estoy en el grano. Pues ese lunes a la tarde me fui para el paseo. A las siete salía la vieja de su casa. Caminaba hasta el final y volvía. Se lo digo porque un día la seguí. Y eso es lo que hace. Cuando vuelve ya son las ocho, y ya está todo oscurito. Ese día cuando la vi me levanté. Al llegar al portal me puse a su lado, y cuando abrió pasé dentro, y también entré con ella al ascensor.
-¿Dónde va, abuela?
-Al tercero, hijo.
En la planta tercera se bajó la vieja, y me demoré en cerrar hasta que vi dónde entraba. Tercero A. Después ya me fui a casa. Yo vivo cerca de allí.
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(Sigue abajo)
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Foto: jose rasero

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que relato más intrigante, menos mal que incluía el segundo capítulo. besos Natalia.

Alejandro Ramírez dijo...

¡Es ficción, es ficción! Por qué será que todos los asesinos nos quieren confundir con que eso es simple ficción. Imperdonable....


Buena historia.

jose rasero dijo...

Jajaja Abrazos, Alejandro