miércoles, 3 de junio de 2009

Tumbados en la cama comieron algunas latas de conserva, y unos trozos de pan, que acompañaron con una botella de vino blanco. Terminada esta abrieron otra más. K se animó a explicar su teoría de la Grieta a Y. "La Verdad está detrás", decía, pretendiendo con ella, su teoría, invertir quizás su íntima y consciente perdición y derrota, en una última posibilidad de redención y victoria ante la vida. Dudosamente cercana. Posiblemente imposible. A lo más, milagrosa. "Sólo hemos de abrir la Grieta, mediante la palabra exacta, y la Verdad aparecerá ante nosotros".
Y lo escuchaba frente a su caballete, en el que ya iniciaba unos primeros trazos. Su rostro, tras sus eternas gafas, tenía una expresión de incredulidad.
-¿La palabra exacta? ¡Qué bobada!
Ella no tenía teorías. Se lanzaba desesperada a la acción. Sólo sabía que para alcanzar la paz interior que tanto ansiaba debía sacar fuera todos los monstruos que la devoraban por dentro. Cubría y cubría lienzos de inquietantes imágenes surrealistas en las que predominaba una obsesiva personificación de objetos urbanos. Farolas con ojos que te fulminaban y hacían cucaracha, bancos de parque que te abrazaban hasta el ahogo, hasta la explosión, papeleras que te arrancaban un brazo con sus fauces de plástico, semáforos que te guiñaban con malicia ámbar.
En el nuevo lienzo podía adivinarse ya una enorme grúa que aplastaba con su pala mecánica a un ser del que sólo se veía una mano suplicante.
Y cubrió el lienzo y se echó de nuevo en la cama junto a K. Dio un buen trago al vino blanco y continuaron ambos con su disputa artística.
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Así andaron conviviendo unos meses, agarrándose diariamente y a conciencia bárbaras cogorzas, con una disciplina voluntariosa y tenaz, imbuidos por el deseo de romper los poquillos hilos que por entonces les unían ya a la realidad y con ello, abrir por fin la ansiada Grieta de K, y expulsar definitivamente los devoradores demonios de Y.
K no conseguía pasar del título de su gran obra. Hecho que lo desesperaba y hundía en la más dolorosa frustración y fracaso, que él se encargaba de convertir en escritos de destrucción y miseria. Le distraían de su horror cotidiano y le permitían continuar sus peregrinaciones nocturnas.
Y persistía en su frenética creatividad, cubriendo lienzos y más lienzos de mostruosos objetos urbanos empeñados en aniquilar todo ser humano viviente. Pero sus demonios permanecían inmutables en su interior, pegándole bocados inmisericordes a su alma cansada.
Por las noches follaban como animales, discutían como bestias las teorías de K y las alternativas de Y, y acababan las más de las veces a mamporro limpio.
Como era de prever, tanto la relación tóxicosadoamorosa, así como el equilibrio mental de ambos se fueron deteriorando irremisiblemente.
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Llevaban ya tiempo en que prácticamente no se veían, andaban cada uno a lo suyo, y cuando coincidían de vez en vez por la noche en el lecho, ninguno de los dos tenía fuerzas siquiera para decir hola.
Una noche larga de bares, K leía a voz en grito algunas de sus peroratas incendiarias contra el universo y la humanidad, con su porro bailando eterno en la comisura de los labios. Al terminar, entre la indiferencia del personal, se sentó abatido en una mesa del local, frente a su copa de coñac. Al rato, cuando intentaba pedir que se la llenaran, vio a entrar a Y , dirigiéndose decidida hacia él.
-Dame tu navaja escritora -dijo, con una voz fría y autómata.
K buscó en sus bolsillos, la sacó y se la ofreció a Y.
-Es la única forma de sentir la paz -explicó Y, quitándose las gafas oscuras y dejando ver un ojo como corroído, como hundido hacia dentro , y otro apenas entreabierto, que encerraba una medio mirada de lágrimas y decisión última. Aún en pie se acercó a K y sin más le asestó cuatro navajazos de amor y odio a la altura de un pulmón, navajazos de expulsión, navajazos dibujados en el otro. Después, y sin titubear, se hundió la navaja escritora de K en pleno corazón, y cayó al suelo, muerta en el acto. K se arrastró a ella como pudo, y como pudo tapó sus ojos con una mano, respirando con dificultad y mirando sin mirar al personal desde el suelo.
Nadie hizo nada. Sólo el encargado llamó a la policía.
-Oiga, creo que tenemos dos muertos en el bar.
K respiraba cada vez con mayor dificultad.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

K e Y tenían que morir. Se acabó el misterio de la relación y de las gafas. Natalia.

jose rasero b. dijo...

Es triste, pero es. Historia de las románticas de toda la vida (Bécquer and company)
Besos

eva- lazarzamora dijo...

Un culebrôn un pelîn cortito a mi gusto..
Yo que esperaba que se besasen al final... jo!!!
Un abrazo.

jose rasero b. dijo...

Ayyyy! Es que estos dos iban fatal...
Besos