lunes, 7 de septiembre de 2009

Mujer con sombrero y bolso

Foto: jose rasero


(Queridos amig@s: quería deciros que entre que tengo problemas de conexión y que el día catorce me escapo a Amsterdam (!!!) voy a estar un tiempito intermitente y algo escaso, me temo, en mis apariciones por aquí. Intentaré seguiros, claro (tengo adicción, ay!), y sacar también alguna entrada cuando pueda (también es adictivo!!)
En todo caso sabed que os quiero y que os mando un enorme beso!!)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Composición

Ahora sé que aquella mujer jamás estuvo en la habitación. Lo descubriría al amanecer, cuando no tenía respuestas para mi rostro, para mis manos, ni para nadie, ni para nada, todavía aturdido al otro lado del espejo. Del agrietado espejo de un baruco recién amanecido también, al que entré para calmar mi desconcierto. No había respuestas pero sí una decisión. O un agotamiento. Pagué al somnoliento camarero el coñac que había succionado para no caer allí mismo rendido a sus pies, para sobrevivir a aquella noche que ahora intentaría reconstruir. De vuelta en la calle decidí despejar todas las ensoñaciones que se debatían en mi mente, sustraerlas y arrojarlas al mar temprano de la Alameda. Expulsarlas todas hasta que solo una certeza se abriera paso triunfadora y cesaran de una vez la angustia y zozobra con que había convivido las últimas horas.
-¿La señorita subió a su apartamento?
Y ya podría asegurar con plena seguridad, en mayúsculas y en voz bien alta que NO.
Pero la certeza no aparecía. Miré al mar, y dejé que el aire fresco de la mañana me envolviera con sus caricias invisibles. La idea de fumar se abrió paso frente a cualquier otra, pero no encontré cigarrillo alguno en mis bolsillos. Entonces la vi abrir su pequeño bolso rojo y ofrecerme un rubio americano. Y nos vi aspirando y expulsando el humo en silencio, recostados en la arena, observando el mar. El bullicio de gentes y música de la barbacoa parecían decrecer como la luna, agazapada entre nubes viajeras. Nadie nos había presentado, y es posible que ya nos hubiéramos intercambiado los nombres y algunas palabras improvisadas, al tiempo que nos analizábamos sin prisas, dejando que los acontecimientos fluyeran por sí mismos.
-¿Otra copa?
La respuesta siempre fue que sí y nos llevó en algún momento a unirnos al grupo que danzaba torpemente sobre la arena. Sonó en la noche un bolero desvencijado y triste y nuestros cuerpos se abrazaron en el baile, nuestros rostros se acercaron cómplices, y nos dijimos cosas al oído.
Decidí al fin comprar una cajetilla y zambullí mis pasos en el laberinto de calles del centro de la ciudad. Deambulé un tiempo incierto en el que la imagen de la mujer tendida en el centro de mi habitación volvió a golpear mi cerebro, como un flash seco, repetido.
Comprendí que la única certeza que se me mostraba con claridad me indicaba indudable el regreso a mi apartamento.
La máquina dejó caer el paquete de cigarros y escupió las monedas de la vuelta. Pedí una cerveza para acompañar al cigarrillo, que puse en mis labios, y entonces la vi ofreciéndome fuego de su mechero, ocultando del viento la llama con una de sus manos. Y nos vi caminando en la madrugada, abrazados por la cintura, dibujando eses solidarias en nuestro avance. Reíamos etílicos, absurdos y como tontos, y es posible que alguno de los dos dijera:
-¿Tomamos la penúltima?
Y la respuesta siempre sería que sí, y entraríamos en un local decadente y como irreal, en el que pediríamos la copa de marras entre risas y arrumacos.
Inicié pues el camino de vuelta a casa mientras la ciudad parecía aún aletargada, y las tiendas desperezaban sus barajas con un chirriar cansino y monótono. En los escaparates veía reflejada mi figura fantasmal, y notaba el cansancio aturdir mis pasos, y sentía las manos doloridas, y la podía ver a ella en el bar irreal jugando con sus faldas, jugando con mis gafas, jugando con mis labios. Y sería yo quien dijo:
-Vivo aquí cerca, ¿subimos?
Cuando doblé la esquina y caminé sobre mi calle pude ver el alboroto justo ante mi portal. Y la vi a ella mostrando de repente un metal afilado, amenazando mi suspendida sonrisa , una mezcla de desafío y súplica en sus ojos en brillo, blandiendo el arma punzante sobre mi vientre. Una sirena in crescendo anunciaba la llegada de una ambulancia, y una mujer yacía en el asfalto, una navaja abierta a su lado. Vi las marcas en su cuello, y vi mis manos doloridas.

Un grupo de soñolientos curiosos rodeaba el cadáver.



Foto: jose rasero