viernes, 29 de enero de 2010

La Pepa no es una Constitución...


La Pepa no es una Constitución. Pero debería serlo.
Todas las mañanas -ya pueden escaparse toros por las calles de Cádiz, hacer un levante que te levante o caer más agua que en el diluvio aquel- ella pasea con su bolso bien agarraíto de la mano  por los puestos del Mercado Central, husmea por la Plaza de las Flores y coge su caminito por Columela, el Palillero, calle Ancha y San Antonio. Y a la una y media entra por la puerta  de la Parra del Veedor.  
¡Hola Pepa! ¿Una cervecita? 
Y la Pepa se sitúa en su sitio de la barra, siempre en pie. Y, ya  puedo ser yo, bien puede ser otro, que siempre empieza la función. 
Pepa, ¿te hago una foto? Noooooooo, ¡¡¡cachondo!!¡¡¡Vete al Congo Belga!!! 
Y la risa es un no parar. La Pepa es la que no para. 
¡¡¡Ay, que te como!!! 
Y ella nos dice sus cosas siempre "francamente" y en el buen sentido de la palabra. 
¡Ahí tienes la tortillita Pepa! 
Y nos come la mar de bien. Aunque yo siempre le digo que hay que variar un poco, Pepa,  ¡siempre con la tortilla!  Y se nos parte la Pepa de la risa. ¡¡¡Ay, que gracia tiene!!!, ¡¡¡las cosas que me dice!!!
Y así andamos, "que la cosa está mu mala, Pepa". "Anda ya, que más se perdió en el barco del  arró". Fiolosofía pura y dura. ¿Ya estás recogiendo, Pepa? Ya me voy, que se ha hecho mu tarde.
Y allá que va la Pepa.
¡¡¡¡Adioooooooooooo!!!!
¡Adiós Pepa!
¡Un beso, guapa, y hasta mañana!


Fotos: jose rasero

martes, 26 de enero de 2010

13 - Conversación en la biblioteca (II)




-Necesitaría buscar algo en el ordenador…
-¡Ja! Ni me mires. ¿Sabes?, ¿no te he dicho antes que llevo aquí diez años trabajando?, pues  ahora, y óyeme bien clarito, chico, te digo que quiero llevarme otros diez años más, ¿sabes?, y jubilarme en paz. Y no me pidas cosas que ni puedo, ni debo ni voy a hacer, ni por ti ni por nadie, chico. ¡Faltaría más! Olvídate. ¿Sabes?, la vida no es fácil, tengo un exmarido que es un cabrón, lo tengo bien alejado por el juez, pero sigue siendo un gran cabrón de carne y hueso que anda suelto por esas calles de dios, y además, y te lo digo bien clarito, que por su bien y por el mío que no se me acerque –prosiguió Madame Clora santiguándose con rapidez un par de veces- porque te juro que a ese cerdo hijoputa lo mato yo con mis propias manos antes que me ponga él una suya encima, aunque me busque la ruina, aunque me la pase podrida en una apestosa cárcel el resto de mis días, ¿sabes?... y una hija tengo también… qué te crees tú… con treinta y dos años… pero esa… bueno… así que en casa, y entérate bien, en mi casa no entra más que lo que me pagan aquí, ni un céntimo más… ¿sabes? y no lo voy a arriesgar todo por un niñato asustado con cara de chatarra… así que apáñate… por aquí cerca hay unos billares… ¿sabes?, y también tienen ordenadores de esos… tendrás que esperar…
Tras estas palabras Madame Clora volvió a sentarse.
Parecía otra mujer. Los demonios interiores, exorcizados con sus palabras, fluían ahora silenciosos por el sudor de las sienes, por el cansancio y paz que impregnaban a un tiempo la expresión de su rostro, por la mirada enrojecida, por las gotitas casi imperceptibles que humedecían sus lagrimales.
Miró el reloj de pulsera en su muñeca y, como aterrizando de nuevo en la realidad urgente, se alzó y comenzó a recoger las cosas de la mesa.
-Y ahora lárgate. Voy a cerrar, chico –emitió, recuperando la voz de mando y su expresión altiva.
Badián, que había asistido sobrecogido a las palabras de Madame, dio media vuelta y caminó hacia la puerta de salida.
-¿Cómo es que está usted en la biblioteca? –preguntó al pronto, volviendo la cabeza, con el pomo asido ya por su mano.
-Yo mando mucho aquí.
-¿Le gusta leer?
-Lo que me gusta es el silencio.
-Ah… –musitó Badián, esbozando una leve sonrisa y elevando una mano hacia la enfermera.
-Hala, hasta luego.

Deambulando de nuevo por los pasillos algo oscuros de la clínica la mente de Badián, siempre imparable y caótica, bullía ahora cual marmita en la que las interrogantes borbotearan perturbadoras y díscolas.
¿Qué había llevado a la doctora Bermejo a pensar que era él un enfermo? ¿Cómo no había detectado que lo suyo no pasaba de ser una mentecata y temeraria cogorza? ¿Por qué incluso el Tasca lo creía también, hasta el extremo de sentirse obligado a ser su ángel guardián? ¿Qué estaba ocurriendo para que erraran ellos el dictamen y no Madame Clora? Y, por otra parte, ¿qué hacía una biblioteca como aquella en semejante lugar, en el que ni siquiera se preocupaban por conservar el letrero de la misma? Y -y esto sí que lo martirizaba- ¿qué diablos había hecho él para verse envuelto en aquel laberinto de pesadilla, en aquella cápsula de locos?
Atribulado por tales cuestiones subió maquinalmente las escaleras que llevaban hacia la segunda planta y se dirigió por puro automatismo hacia la habitación número diez. Al entrar, al contrario que la pasada noche, se alegró de no compartir ésta con nadie.
Se descalzó y sin más se tumbó en la cama boca arriba, cerrando los ojos. Ubicado en la penumbra de la ceguera peleó con ahínco por desembarazarse de los enigmas que le sobrevolaban, de los miedos acechantes, de los lados oscuros que se abatían como depredadores insaciables sobre él, y dirigió sus pensamientos hacia lo que más podía reconfortarlo en aquel lugar, la imagen de la deslumbrante Rubí, la bella Rubí… y se dejó llevar por el recuerdo de sus faldas mínimas mecidas por el baile, por la evocación de los explosivos senos a punto de estallar bajo sus prendas… vaya, no he cogido ningún libro, recordó por un instante, sin emoción alguna… por la nostalgia temprana de aquella danza de giros generosos, por el regalo de los negros cabellos, por la memoria de la desnuda piel de sus hombros, por aquella voz de niña traviesa, ¿cómo te llamas?, sus risas desvergonzadas … su cante destemplado… y al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, porque la vida la vida la vida es… un contratiempo…


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Foto: jose rasero

martes, 19 de enero de 2010

12 - Conversación en la biblioteca (I)






La enfermera-jefe apartó su mirada de las páginas couché que permanecían abiertas sobre la mesa, abandonó los lentes y posó sus ojos altivos en Badián, que se mantenía cual efigie a la entrada de la habitación, petrificado ante aquella concluyente realidad que le caía encima.
-Vamos, acércate –emitió la voz castrense de la enfermera, cuyo inflamado rostro parecía ahora suavizar su habitual gesto desdeñoso.
Badián comenzó a andar hacia ella de manera insalvable, como si alguna misteriosa energía lo impulsara a ello, empujado por un género de horizontal atracción gravitatoria.
Cuando estuvo junto a la corpulenta mujer, ella cruzó lentamente sus brazos robustos, lo examinó con detalle y parsimonia de inspectora, fijó su mirada en los alarmados ojos de Badián y, para mayor perplejidad de éste, explotó en unas sonoras carcajadas que retumbaron como truenos entre las paredes de la biblioteca.
-¡Míralo!, si podrías ser mi hijo…–exclamó al cabo, secándose con el dorso de la mano las lágrimas de las risas.
Badián se sintió en ese instante tan inmensamente desvalido como una extraviada criatura en el infinito del cosmos. Cual cucaracha pisoteada, pensó, y se vio a sí mismo a punto de desintegrarse ante aquel ser colosal que lo avergonzaba dolorosamente al apuntar la potencial maternidad, y el evidente y sonrojante equívoco que con ello evocaba.
Confirmó así una vez más su cristalina fragilidad y hubo de hacer notables esfuerzos para no echarse a llorar sin consuelo allí mismo, a lágrima tendida, frente a aquella mujer desorbitada.
-…y las madres no se acuestan con sus hijos para según qué cosas –concluyó Madame Clora, ahora con un suave tono de reproche en su voz.
Badián reaccionó ante la inesperada y bochornosa situación poniendo en marcha casi inconscientemente su particular terapia repetitiva, convirtiendo sus pensamientos en circuito cerrado de voces, de ecos envolventes, de palabras que bailaban en círculos sin fin, y que, irremediablemente, terminaron por abrirse camino al exterior.
-…este miedo difuso, esta ira repentina,
estas imprevisibles y verdaderas ganas de llorar… este miedo difuso, esta ira repentina…
-Pero ¿qué leches hablas chico? ¡Calla ya!–cortó Madame Clora aquella incomprensible letanía de palabras, uniendo a su grito imperativo un estrepitoso manotazo sobre la mesa.
-¡No sé qué cosa te pasará a ti, chico, pero desde luego no es aquí donde se cura lo tuyo!
Madame Clora se había puesto en pie y ahora daba pasos lentos alrededor de Badián, como inspeccionándolo de nuevo, al tiempo que le hablaba en tono elevado.
-Son diez años ya viendo pasar todo tipo de gentes por este lugar, ¿sabes? Toda clase de personajes han entrado y salido de aquí, y han vuelto a entrar y a salir, y a entrar y a salir, y así… ¡qué sé yo, muchacho!, ¡lo que no habrán visto estos ojos que dios ha de llevarse! Jovenzuelos como tú, viejos chocheando que no podían ni con sus arrugas, putas de todos los colores, señoronas más putas que éstas, y buenas mujeres también, claro, y hombres, ricos, pobres, y maestros, y abogados, y camioneros, y políticos, y barrenderos, y hasta un chino que nos llegó una vez, aunque ese no volvió nunca más, y mancos, y tuertos, y maricones, y muertos de hambre, y señoritingos… yo qué sé, de todo, ¿sabes? Y te digo una cosa, chico, tú no eres uno de ellos. ¡Ni hablar del peluquín! Si lo sabré yo. Yo a ellos se los veo en la cara. Se los leo en la mirada. Los huelo al lejos. Lo llevan escrito, ¿sabes? … Y tú no, chico. Tú sólo estás asustado, y no sabes qué hacer…
La estupefacción de Badián ante aquel contundente y acertado diagnóstico ejerció sobre él, paradójicamente, un efecto balsámico. Le invadió una cálida sensación de sosiego al saberse reconocido, desenmascarado por aquella mujer que en minutos había pasado de ser una depravada amenaza sexual a convertirse en posible y cordial cómplice en aquel absurdo lugar.
-Tengo que salir de aquí… –balbuceó Badián, cuya opacidad para comunicarse con los demás, ese muro de cristal que lo separaba tortuosamente del mundo exterior, parecían deshacerse ahora milagrosa y repentinamente ante aquella inesperada compañera.
-¿Para qué diablos firmaste entonces los papeles?
-No tengo dinero, ni tengo a dónde ir…
-Ya. Pues cinco días aquí no te los quita ni dios. Es lo menos que tardan con el suero. Y hasta entonces no te permitirán poner un pie en la calle.

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Foto: jose rasero

sábado, 16 de enero de 2010


















Foto: jose rasero

"El poeta no vive para escribir. Escribe para vivir"  Marina Tsvetaeva
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viernes, 15 de enero de 2010

Mis grandes autores

Deshaced este verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía
eso
será la poesía.

León Felipe. "Poesía pura"

martes, 12 de enero de 2010

11 - Bib..oteca.



En su excursión se topó en principio con las oficinas del centro, también en la planta baja.

Tras una cristalera con una ventanilla cerrada –en la que un pequeño cartelito informaba que el horario de oficina era de nueve a tres- dos señoritas administrativas con aspecto de señoritas administrativas tecleaban absortas frente a sus pantallas de ordenador. Tras ellas se abría una puerta con la palabra dirección escrita en mayúsculas sobre el dintel. Allí vio a la doctora Bermejo conversando plácidamente con un señor mayor de pelo cano con apariencia de buen hombre, que probablemente fuese el director de todo aquello, aventuró Badián.
A la oficina se accedía por una puerta lateral, que permanecía cerrada. Al ver aquellos ordenadores Badián maldijo el hecho de no saberse  el correo electrónico de su amigo Cúter. Ni el de ninguna otra persona, por otra parte. Toda la información cibernética y telefónica de que disponía la había perdido en el interior de su móvil.
En todo caso, pensó, tecleando ciertas palabras en el buscador podría comprobar si quizás tuviese suerte y pudiera conseguir alguna averiguación que le fuese útil. El problema, se dijo, era cómo llegar hasta aquellas endiabladas máquinas.
Enmarañado en estos pensamientos sus pasos lo habían llevado azarosamente hacia una puerta en la que en un desvencijado cartelito podía leerse: Bib..oteca.
No podríamos decir que Badián fuese un gran lector, como tampoco había sido un ilustre estudiante. Sacó el bachillerato a pelo y más que nada por aliviar y dar paz a los viejos. Sus lecturas fueron en su mayor parte apremiadas y los restos un poco a salto de mata, sin disciplina ni orden alguno. Sin embargo, como ya vimos, sí sentía cierta y sorprendente fijación con los poemas de Ángel González y Benedetti, así como con los cien años de García Márquez, algunos de cuyos versos y pasajes le habían sabido tocar las vísceras.
La puerta se hallaba entreabierta y Badián sólo necesitó empujarla para pasar dentro. Era una habitación rectangular, que desprendía un tibio olor a libro concentrado, quizá más amplia de lo que había imaginado, con sus cuatro paredes cubiertas de estanterías repletas de textos que ascendían hasta el mismo techo. Mucho libro para un lugar como este, pensó Badián con extrañeza. En el centro una gran mesa de madera, alargada y rodeada de sillas, ocupaba casi todo el espacio, dejando a sus lados estrechos pasillos por los que moverse.
Al fondo de la sala pudo ver una pequeña mesita organizada a modo de oficina, y sentada junto a ella -para su tremendo espanto- se hallaba Madame Clora.


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Foto: jose rasero

martes, 5 de enero de 2010

10 - Ángel de la guarda


Todos llamaban así a este abogado de unos cincuenta años, de semblante serio y aspecto impoluto, que lo había sido de renombre hasta que su afición excesiva a las mujeres y a las copas comenzó a ser conocida por todo Sevilla, incluidos sus afamados clientes.
Ahora pasaba temporadas en la clínica, y, cuando regresaba al mundo exterior, regentaba junto a su nueva compañera -pues el escándalo lo había conducido sin remedio a un tortuoso divorcio- un local de alterne al que llevaba también los asuntos administrativos.

-Un placer –dijo don Jenaro, acercando una mano extendida a Badián, que la estrechó con fuerza- Espero sea de su agrado la estancia en nuestro hogar –concluyó, amable desde su impecable traje, esbozando una leve sonrisa.
-¡Pásame la sal! –resonó entonces la voz rota del Tasca, que presidía la mesa.
Curiosamente era el Tasca uno de los más comedidos al hablar de sí mismo, y cuando lo hacía era difícil discernir entre lo real y lo fantástico.
De él se decía –según oiría Badián más adelante- que se había pasado cinco años sin probar una gota de alcohol, y que había recaído brutalmente hacía unos seis meses, por un turbio asunto de faldas.
Al coger el tarrito de la sal vio Badián, llegando desde la otra mesa, a la enfermera escasa en melanina, que traía en sus manos unos vasitos de plástico con el nombre de cada paciente escrito en él. El suyo aún permanecía innominado, observó. Cuando la enfermera lo colocó en la mesa delante de él pudo ver que dentro albergaba tres pastillas.
-¿Qué es esto? –preguntó sin pensarlo.
-Tómalas –dijo secamente la enfermera, regresando a la mesa de la intendencia.
-Déjame ver –terció el Tasca, echando un vistazo a las pastillas destinadas a Badián.
-La blanca pequeñita es para los nervios, para el mono, ¿sabes?, esa de dos colores hará que no te me pongas triste, y la más gorda es para que no se te ocurra beber ni una gota, guapo –explicó, soltando tras sus palabras una tremenda y agrietada carcajada.
Badián no supo qué hacer al pronto, y prosiguió su almuerzo como si nada. Pero apenas tardaría segundos en decidir simular que tomaba aquellas pastillas, sin hacerlo.
Creyó sin dudas que era lo más conveniente, pues en realidad no las necesitaba. Pensó entonces mantenerlas bajo la lengua, y deshacerse de ellas discretamente en cuanto hubiese ocasión.
Hizo lo primero sin dificultad, pero un inesperado y seco golpe del Tasca en pleno centro de su espalda -mientras con su otra gran mano rugosa le taponaba la boca- consiguió que las pastillas se encaminaran sin remedio hacia su estómago.
-¡Venga, cabrón, que a mí no me la das, joder! ¡Aquí voy a ser yo tu angelito de la guarda, bellezón! ¡Tú aquí te curas! ¡Por mis muertos! –exclamó aquel, realizando al tiempo un sonoro gesto de juramento.
Badián quedó perplejo, con el rostro demudado, clavando sus ojos con una mezcla de ira y temor en los del Tasca.
-Ya se te pasará. Anda, termínate eso –dijo éste, levantándose de la mesa.
Badián permaneció entonces en silencio y, durante unos instantes, se mantuvo quedo, como ido.
Al fin terminó con prisas su ración y, tal como vio hacer a los demás, echó las sobras en un cubo, puso el plato y los cubiertos en el interior de una palangana que estaba sobre el mueble, y de una fuente con frutas cogió una manzana.
Salió de allí mordisqueando, dispuesto a olvidar el incidente de las pastillas y a dar un paseo esclarecedor por el edificio


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.Foto: jose rasero

Mis grandes autores


















Ropas con su olor,
paños con su aroma.

Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas,
lecho sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas.

Miguel Hernández, de Cancionero y romancero de ausencias (1941-1942)

Sirva de homenaje ante la tropelía cometida por el ¿escritor? Miguel Barcala Candel en la propia ciudad de Orihuela.

Foto: jose rasero