viernes, 30 de abril de 2010

llámala soplo
















su ojo sonríe
oculto de habladurías.
su labio es el hada que me habla.

el universo vive en una caja de cartón
y también,
a veces,
tras la pantalla del ordenador.

la miro apoyada en el viento
sabiendo ambos,
en nuestra lejanía,
el porqué de la quietud de las rocas.

siempre pensó que Vivaldi
nada sabía
de estaciones.
por eso me lanza dardos
como corcheas
y, a veces,
hace en mis sueños
partituras
de celdas.

su ojo sonríe
y su labio es el hada que me habla.

quizás habite en el cajón pendiente
o en los archivos olvidados.
quizás medite con piel y tacto
o lo haga con energía de microchip.

sé que anda suelta,
no sé si hálito o ciclón,
en su gramatical
refugio
-o venganza-
de
la tercera persona
singular.

Foto: jose rasero

martes, 27 de abril de 2010

26 - Badián iluminado (I)





Badián supo, desde que vio asomar el rostro a la colegiado Bermejo, que aquello que se le venía encima iba a ser algo más que una simple consulta médica.
Quizá lo sabía desde horas antes, acaso desde el día anterior, cuando habló con Madame Clora en la soledad de la biblioteca, o cuando percibió en el pequeño balcón de la sala, tras la pelea entre el Tasca y Zoe,  una mueca irónica en el rostro de Laslo al pronunciar la palabra patena. Limpio como una patena, había dicho.
Pero tal esbozo de  idea se hizo evidencia no más escuchar a la doctora preguntarle a bote pronto por qué no había hecho nada por llamar a la policía y denunciar a aquellos que le habían robado todo y dejado en tan penoso estado, y aún más, cuando, antes de reponerse a la cuestión e intentar siquiera responderla, la pudo oir con explícita claridad afirmando que, rotundamente y sin lugar a dudas, eso era lo más conveniente para la situación en la que se veían.
La doctora, que exhibía intacta su etérea y reposada belleza, transmitía en cambio cierta sensación de inquietud, como si aguardara que alguien o algo tuviera que acontecer o manifestarse de un momento a otro, y como si ello la preocupara en exceso, lo que la llevaba, impaciente,  a escrutar con inútil disimulo su reloj de pulsera.
-Bueno Badián... -dijo, intentando mostrar una concentración y una calma que en absoluto poseía- ...aclarada la primera cuestión... podríamos empezar resumiendo cómo han sido estos dieciocho añitos de tu vida, verdad...
-...pues, mire, doctora... -Badián había cruzado lentamente sus brazos tras la cabeza, sobre la almohada, adoptando una posición confortable, y, viendo la curiosa e inesperada afectación que atenazaba a la facultativa, decidió no esgrimir todavía las cuatro cosas con que tenía pensado acometerla a fondo hasta averiguar qué diablos estaba pasando realmente en aquella clínica, en llamativa espera también él de aquel o aquello que tuviera que producirse o aparecer.
Para su propia sorpresa, se sintió como iluminado en su respuesta a la invitación técnica de  realizar el resumen de su existencia, rompiendo su proverbial vaguedad para la comunicación, esa barbacana de cristal que lo separaba aviesamente del mundo exterior.
-...¿sabe usted que nací un jueves diecinueve de septiembre? Soy Virgo, claro. Quizá debiera tener en cuenta ese dato. Hoy hace cuatro que cumplí los dieciocho. ¿Sabe que el mismo día o casi que yo vine al mundo se fueron de él  Tino Casal y Freddie Mercury? El sida hacía estragos, doctora, sobre todo con los músicos y los actores. Acaso otro detalle que anotar y subrayar. La gente dejó de follar tanto.  También se fueron a la mierda ese año del noventa y uno Miles Davis  y la mismísima Unión Soviética, qué cosas... por cierto, por curiosidad, y por filosofar un poco,  ¿podría usted aclararme qué diablos son un cúmulo de irregularidades, de anomalías, de contradicciones, de paradojas continuadas en el tiempo?, ¿sabe usted acaso qué cosa es el aturdimiento existencial?... ¿sabe usted, doctora, qué es vivir con un rostro como el mío?... bien sé que no sabe... pero hágase una idea, vaya, que eso lo hará perfecto, es su trabajo, ¿no?, hacerse a las ideas de los demás, y salpique levemente todo ello de minucias de gloria, insignes, brillantes, divinas, como, no sé, imagínese, ¿sabe que cuando yo tenía cinco años el superordenador Deep Blue de IBM derrotó por primera vez a Gary Kasparov? La máquina vencía al hombre. Gran asunto, doctora, no es ninguna menudencia, ¿verdad? También aparecía Pokemon en nuestras vidas y el partido popular  ganaba sus primeras elecciones... pero había cosas aun más memorables y destacadas, claro, como conocer qué cosa era el hielo, o descubrir el mar océano y navegar bajo las estrellas descifrando constelaciones, u observar extasiado las llamas movedizas y cambiantes de una fogata enorme de una noche de san Juan, o contemplar a Remedios la Bella levitar cual padre Nicanor comiendo chocolate, o saborear alguna exquisitez, porque la gastronomía es un arte diseñado para el paladar, doctora, eso lo aprendí desde bien pequeño, o saber que tienes un amigo, bien lejos, pero saberlo... poseer esa certeza... aunque los Talibanes tomaran Kabul y yo escuchara por igual a los Backstreet Boys que a los Barricada o a Björ o que Bill Clinton fuera reelegido...

Nota del autor:  El cantante Tino Casal falleció el 22 de septiembre de 1991 a causa de un accidente de tráfico, pero es algo que no tiene por qué recordar el personaje Badián, que incurrirá, seguramente, en más errores de este tipo.

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Foto: jose rasero

sábado, 24 de abril de 2010

sábado veinticuatro











sábado veinticuatro.
no hay melodías en el horizonte.
no hay horas.
acaso un rumor de caos
invicto.
el sol se pliega a mis deseos
de vegetal
carnívoro.
he roto mis contactos con el mundo.

¿habéis visto mi isla deslizarse
como gota
que acaricia
espaldas?

sábado veinticuatro.
los perros ladran a una luna que imaginan
y alguien pregona lo fresco del pescado.
no me dejaré atrapar por el titular impreso
que  guiña malicias
afiladas.

haré del abrazo mi bandera.
de los besos
humo
de señales.

¿habéis visto mi isla
como gota
que acaricia
espaldas?

en ella estoy.
sábado veinticuatro.
a ninguna hora.

Foto: jose rasero

martes, 20 de abril de 2010

25 - De chiripas





El hiperactivo cerebro de Badián, en momentos de crisis como la recién sufrida, tenía a bien darle algo de tregua.
Así, con Gaspar en la habitación, se limitaba a escuchar y observar con apelmazada calma a aquel tipo, comprobando no sin cierta admiración, eso sí, que no había atinado una con él.
-De acuerdo, pero solo hasta que venga la doctora...
Gaspar, que vestía una camisa blanca de seda, vaqueros y unas deportivas también blancas, todo de marca, esperó a que hubiese salido la enfermera para continuar su torrencial perorata.
-...como te decía... esto... ya, mira... yo he hecho campañas como creativo, con grandes agencias, con las mejores, chico, ¿recuerdas el eslogan hágalo suyo?, pues ese título es mío... ¿sí?, y tuve más, no creas... un mundo complicado éste, con mucho tiburón suelto, si te contara... ahora ando con las discotecas, ¿sí?, los eventos, las relaciones públicas... ya te digo, y... esto... entonces te gusta la literatura, ¿no?... yo me manejo... hay que saber de todo un poco... hay mucho listo desperdigado por ahí... no sé... Ferré, Baricco, Bolaño, Chirbes... cosas de ahora... lo que va llegando a mis manos... la generación nocilla...
El sonido de un bip bip dentro de un bolsillo interrumpió a Gaspar, que sacó el móvil y lo colocó juntó a su oreja derecha.
-¿Sí?, Jasper al habla...
Badián vio andar a aquel joven escuálido y frenético de un lado a otro de la habitación, con una mano en el aparato y la otra como olvidada en el bolsillo izquierdo. Pudo escuchar síes, noes, quizás, comonós, y también, entre otras, la palabra Cádiz en labios del publicista, que finalmente se despidió con un chao, mi amor, y volvió a depositar el teléfono en el bolsillo.
-Vaya, vaya, vaya... -Gaspar se dirigió de nuevo a la cabecera de la cama y se sentó juntó a Badián, mirándolo con una expresión ambigua.
-¿Tú crees en casualidades, en coincidencias?... ¿en chiripas?
-Creo en pocas cosas...
-Pues fíjate, ¿no acaban de ofrecerme un asunto en Cádiz?... increíble, ¿sí?, exactamente la ciudad a la que tú vas, con esos dos, ¿no?... tendréis que hacerme un huequito en el carro de la niña...
-Pero, ¿cómo sabes tú...?
-¡Anda, chico!... estar informado es parte de mi profesión y... además, hombre, ¿aquí?, ¡por dios!, la pregunta sería en todo caso ¿qué no se sabe aquí?...
-...ya, pero yo aún no he decidido nada...
Al tiempo que Badián balbuceaba estas palabras apareció en la habitación número diez la doctora Bermejo, que sólo tuvo que lanzar una fugaz mirada a Gaspar para que este comprendiera.
-...bien, ya me iba... nos vemos...
La doctora tampoco vestía en esta ocasión uniforme alguno que la identificara como tal. Una camisa rosa y una falda negra por encima de las rodillas conformaban su desenfadado vestuario, ceñido como el día anterior a su grácil cuerpo. Badián volvió a leer la placa prendida a la camisa: Dra. Clara Bermejo Gisbert, Colegiado 3934, Sevilla.
Tras esperar a que desapareciera Gaspar, la facultativa cerró la puerta tras de sí y, permaneciendo en pie frente al lecho, comenzó a hablar.
-Veo que estás mejor –dijo, acercándose a Badián, palpándole la frente primero, tomándole el pulso después- Bueno, una simple bajada de tensión. Nada de importancia –concluyó, sentándose junto a la cabecera.
-Hubiera preferido tener este encuentro en mi despacho, pero en fin...

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Foto: jose rasero

martes, 13 de abril de 2010

24 - Jasper





La enfermera Laura acudió con rapidez al ver el tumulto que se formaba en torno a Badián, cuyo rostro, efectivamente, se había vuelto níveo, de una palidez que asustaba.
-¡Hay que llevarlo a su habitación! –exclamó con alarma la asistente, pellizcando las mejillas de Badián.
-Yo la ayudaré –se ofreció presto el joven yonqui, que se mostraba muy excitado con todo aquel revuelo.
De modo que entre los dos trasladaron a un medio desmayado Badián a la habitación número diez y lo tendieron con cuidado sobre la cama.
-Avisaré a la doctora y traeré el suero -anunció Laura saliendo por la puerta.
Cuando el yonqui quedó a solas con Badián acercó la silla a la cabecera de la cama y, observando que éste mantenía los ojos abiertos, le habló:
-Hola, chico... esto... Badián... ¿verdad?, ya se te ve mejor... qué cosas, ¿sí?, pero, claro, me presentaré, me llamo Gaspar, aunque también me conocen como Jasper, en realidad casi todos me llaman así, que es lo mismo, pero en inglés, que vende más, ya sabes... pero aquí me llaman Gaspar, pues por lo visto fue lo que dije cuando me trajeron, ya ves, tengo treinta y dos años, ni uno más ni uno menos, los que hace que nací aquí, en Sevilla, y soy publicista, creativo, o como diría Octave, el tío que os vende mierda y os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis... la felicidad perfecta retocada con photoshop y esas tontadas... oye, me has dejado de una pieza antes, ¡oh, sí!, en mi vida se me habría ocurrido una forma tan jodidamente buena de venderse a uno mismo, y, aunque lo tienes difícil con ese pibón, ya ves, te aseguro que el impacto ha sido grande... sí, enorme... todo un golpe, justo en el blanco... tendrías que haber visto los ojos de la niña... ¡usar a un poeta!, claro que, bien pensado, es lo suyo, no es nada nuevo, ¿sí?, ya ocurrió con... este... bueno, todo el mundo intenta enamorar con la poesía ¿no?... y tú podrías ser una especie de Cyrano pero sin intermediarios ni nada... eso ha sido... el efecto sorpresa, claro, esa es la estrategia, sublime, infalible...
Badián escuchaba a aquel tipo hablar y hablar sin descanso como si estuvieran los dos inmersos en un insólito sueño compartido en el que de pronto se escuchó a sí mismo afirmar:
-Eres un yonqui de mierda.
Gaspar se cortó en seco, abriéndose entre los dos un paréntesis inquietante de pausa y mutismo, durante el cual aquel posó sus grandes ojos en Badián, sondeando con asombro su rostro de extrañas formas cubistas, hasta que una colosal carcajada explotó en sus labios y le abrió camino de nuevo al caudal desbocado de sus palabras.
-...no, chico, no, mira, no te preocupes, les pasa a muchos, es por lo delgado, ¿sí?, pero eso es mío, yo soy así, y me va bien, no creas, con las mujeres también, sí, sí... te podría contar... ¿te he dicho que soy publicista?, ¿sí?, tengo una carrera y años de experiencia, verás, ahora organizo muchos eventos cool, soy el rey de la noche, se podría decir, y, claro, bebo como un condenado, qué le vamos a hacer, pero nada de farlopa, ni mucho menos caballo... ya sé, ya sé, lo normal en este mundo es darle a las rayas, ¿sí?, casi todos lo hacen, pero tengo un problema en las fosas nasales que me impide aspirar correctamente, así que por ahí me salvé, al menos de eso, pues cada vez que lo intenté desperdigaba todo el polvo por los suelos, ya ves, un desastre, chico, y mira que pasan por delante de mis narices cantidades ¿eh?... y las chicas, a montones, ¿okey?, lo que yo te diga... y es que gano mucho dinero, ni te imaginas,  quizás demasiado... y de vez en cuando me llega el bajón... ya ves, esta vez he venido a parar aquí, no sé por qué, pues no recuerdo nada, pero yo suelo ir a sitios más exclusivos...
La enfermera apareció en la habitación arrastrando un chirriante gotero con ruedas que acercó hasta Badián.
-No deberías estar aquí –observó, dirigiéndose a Gaspar mientras conectaba el dosificador a la vena de Badián.
-Déjelo, me hace compañía... -susurró éste, que había recobrado algo de color.


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Foto: jose rasero

lunes, 5 de abril de 2010

23 - Un sentimiento pernicioso




Arrepentido, ya tarde, de haberse sentado justo frente a la escena erótico-gastronómica, se vio asaltado sin aviso por una acometida en toda regla de sus crónicas ideas aciagas, lo más parecido a que un gran valle de soledad y silencio  se pose sin más sobre uno, lo posea, con las inclinaciones autodestructivas acechando en la retaguardia, tras un bosque de turbios ramales.
Como un océano de inmensa tristeza precipitándose cual catarata la parte oscura lo envolvió por completo, en esta ocasión junto a un sentimiento añadido e ignorado hasta el momento, más pernicioso y destructor, si cabe, que cualquiera otro. Una emoción que le había sido ya inoculada, y que había comenzado imparable sus devastadores efectos.
Badián sentía celos.
Ajena a tal hecatombe, y acompañada de los demás pacientes y su coro de voces y sonidos claros del amanecer, entró en la sala la enfermera llamada Laura, que se dirigió rauda a su mesa para servir el desayuno a los holgazanes.
Por su parte, don Jenaro y Zoe ocuparon su mesa habitual, hablando de costas e indemnizaciones, mientras el joven yonqui se sentaba a la derecha de Badián y el gánster con su amigo tomaban posiciones en frente, junto a Laslo.
Badián, hundido absolutamente en los abismos -lance este que no le impedía admirar con gran suplicio la belleza fresca e inalcanzable de Rubí, justito frente a él, apenas a medio metro de él, tan cerca de él que conseguiría tocarla con solo extender levemente su mano- sin poder hacer nada por remediarlo, habló.
-…tengo miedo de verte necesidad de verte esperanza de verte desazones de verte tengo ganas de hallarte preocupación de hallarte certidumbre de hallarte pobres dudas de hallarte tengo urgencia de oírte alegría de oírte buena suerte de oírte y temores de oírte o sea resumiendo estoy jodido y radiante quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa…
El silencio que prosiguió a estas palabras, trabado, incómodo, de policías o ángeles exterminadores, lo rompió el joven yonqui, que, girándose  hacia Badián y con sorprendida expresión, comenzó a hablar, mirándolo a él y a los demás sucesivamente.
-Eso es Benedetti… ¿Por qué recita a Benedetti? ¿Qué le pasa a este tío? ¿Cómo se pone a recitar a Mario Benedetti, así, por las buenas?... ¡Es una maravilla!, ¿no creen? ¿Lo han oído?
-Nos salió poeta… -comentó Laslo, no sin cierto desdén, divertidamente desconcertado.
A su lado, Rubí contemplaba a Badián con enormes ojos de asombro, casi como descubriéndolo. Podría decirse que quizá lo hacía por primera vez, en realidad. Verlo. Más allá del pelaje de  su rostro.
-¿Qué poeta? En todo caso un lector, un rapsoda, un recitador, un declamador, un trovador, un juglar, un cantor, pero no un poeta… Mírenlo, se está poniendo como blanco…


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Foto: jose rasero

jueves, 1 de abril de 2010