sábado 30 de octubre de 2010

Los versos de M. Hernández inundan la red

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“Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la Red se inunde con sus versos.”
Re(paso) de Lengua
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¿Qué quiere el viento?
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¿Qué quiere el viento de enero
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientra te visto de abrazos?
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Derribarnos. Arrastrarnos.
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Derribadas, arrastradas
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?
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Separarnos.
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martes 26 de octubre de 2010

50 - En la Cueva del Pájaro Azul (y 5)
















Por un momento quedó el tío Cortina pensativo, con los ojillos brillantes, recreándose en las nostalgias del pasado, y, tras dar un sorbito de su vaso largo, continuó diciendo:
-...pero ahora... ahora tengo aquí a la sobrina Lucía... ¡y mira que es guapa la condená!... que va a ser mi socia... -comentó con una sonrisa satisfecha que le remarcaba las grietas de sal de su rostro, poniendo una mano sobre el hombro de Lucía, que confirmaba, algo sorprendida.
-...pero venga ya, tío, dejemos de lado los negocios, porque ahora es el momento de su arte... -dijo por fin, no muy interesada, al parecer, en que aquella asociación se convirtiese en tema de plática.
-Eso, eso... ¿y qué nos va a cantar ahora?... –intervino Florencio, con sinceras y diversas ganas de que el tío Cortina regresara de nuevo al escenario.
-...pues ahora, mira, sobrino... claro, hay que tener sentido de la medida, sabes... mejor cortito, como este güisquito... pues igual con el cante... cortito... con mesura... dando pinceladas... aunque si estuviera aquí mi niña... la Rubí...
Fue en ese momento en que se escucharon ruidos de gritos y risas que provenían de la entrada a la Cueva.
Hacia allá se volvieron los tres a mirar y, tras unos segundos de espera, vieron aparecer, desde la angosta escalera, a Luis Lasanta acompañado de un tipo.
-Mierda... -Lucía bebió de un trago lo que quedaba en su vaso.
-Buenas noches, queridos... -balbuceó Luis al llegar junto a los tres, asidos él y su acompañante el uno al otro, acaso más por no irse al suelo que por otra cosa- ...podemos sentarnos, verdad...
Tras pronunciar estas palabras se afanaron ambos en pillar unas sillas vacías de la mesa contigua, cosa que lograron finalmente, no sin gran enredo y alboroto.
-Ajá... -comenzó Luis, una vez arrellanado desmañadamente junto a Lucía, y observando desde sus ebrias tinieblas al tío Cortina- ... conque de este viejo se trata, eh...
-Luis...
-...¿qué le pasa a este?... –saltó el tío Cortina, al tiempo que hacía un gesto hacia la barra.
Antón llegó ipso facto, no con el trabuco, sí con un bate de beisbol, y, a otra seña del tío, se mantuvo  junto a ellos de forma discreta.
El amigo de Luis, que también viajaba por beodas negruras, asistía absorto a la escena, sentado junto a un boquiabierto Florencio.
-...de esta forma... quieres tú... financiar... -Luis articulaba las palabras  torpemente, pero con una tozudez de borracho, desde sus ojos de sangre- la organización... de esta manera... crees tú que se... hace la... revolución...
-..Luis...
-...de esta manera... piensas tú... guapa... cambiar el mundo... pues... baja de las nubes, campeona...
-...¡eh! –terció de nuevo el tío Cortina- ¿quién coño se cree éste?... pero ¿quién cojones es este tipo?...
-...me dejas –continuó Luis, sin prestar atención al viejo- en un... mar... de dudas... reina... ¿acaso piensas... cambiar... el mundo... desde un bar de putas?...
Sin necesidad de levantarse, y tras obtener con la mirada el visto bueno del  tío Cortina, Lucía soltó un trompazo potente y directo sobre la alucinada cara de Luis, haciéndolo caer hacia atrás sin resistencia alguna, ante el silencio atronador y estupefacto de la sala.

Foto: jose rasero


lunes 25 de octubre de 2010

martes 19 de octubre de 2010

49 - En la Cueva del Pájaro Azul (4)





Los dos se levantaron a un tiempo y aplaudieron a rabiar, junto al mayoritario público masculino, entregado, fiel, y a los olés que brotaban como flores desde las sombras de las mesas, desde las figuras confusas de la barra,   desde los reservados entreabiertos para la ocasión...
Saluda el caballero al auditorio, en pie y levantando levemente el sombrero, señalando después a su joven guitarrista, también en pie, inclinándose hacia el público, y anuncia aquél unas alegrías de cai que darán paso a un descansito.
Tirititrán taran tran tran... tirititrán trantero... Navega por la bahía... sin que lo sepa la luna... la barquita que me trae... pulseras y mercancías...
Tirititrán taran tran tran... tirititrán trantero... ...Y a la playa me voy... por la mañana... para hablarle a las olas... de mi gitana...
Se repiten los aplausos calurosos y los saludos agradecidos y finalmente salen cantaor y tocaor del escenario, cada uno por el lado por donde había llegado.
Florencio, que agarraba con fuerza a Lucía por la cintura, eufórico, con el corazón en los labios, la acercó más a sí, e intentó besarla. Pero Lucía, en ese preciso instante, se levantaba ofreciendo el dorso de su mano izquierda al caballero de la flor, que la tomó y besó, galante, quitándose cortésmente el sombrero y sentándose con ellos.
Lucía los presentó.
Al momento se acercó a ellos Antón preguntando al cantaor qué iba a tomar.
-Mira, sobrino –comentó el tío Cortina, con una sonrisa traviesa en sus labios- ponme un güisquito, pero corto, porque yo ya no estoy pa la vida golfa...
Tras estas palabras sus ojos se posaron directamente en Florencio.
-Así que maestro, ¿verdad, sobrino? –la pregunta resultó ser más retórica que otra cosa, pues el tío Cortina tenía una labia arrolladora, y ganas de trabajarla.
-Sí, bueno, hoy he comenzado y...
-Eso está bien, sobrino... comenzar...-zanjó el caballero, intuyendo un perplejo y desarmado Florencio el porqué de aquel apodo, tío.
-...porque aquí donde me ves, como artista que soy, yo comencé mu jovencito... y siempre mu arreglao... de toa la vida... mi flor, mi traje, mi sombrero...
Se veía muy a gusto al tío Cortina, en su salsa, después de ejecutar sus cantes, reposado y con su güisquito, servido con rapidez por un solícito Antón, relatando sus cosas a la pareja.
-...pero las he pasao canutas, sobrino... que yo he estao desmayaíto... mucha hambre... la guerra... y también buenos momentos, claro... porque aquí donde me ves yo he dao tres veces la vuelta al mundo... con la compañía de Antonio el Bailarín...
La euforia de Florencio había comenzado a decaer con la frustación del  beso no dado, y continuaba haciéndolo  a medida que el tío Cortina avanzaba en sus peripecias, por lo que, mirando alternativamente a éste y a Lucía, que sonreía radiante hacia el cantaor, no veía el momento de que acabase todo y salir pitando de una vez de allí.
-...y había coyunturas en que nos poníamos ciegos... pero ciegos de darnos la vuelta por dentro, sabes, sacando lo más remoto de nosotros... como cuando yo cogí un avión por primera vez, que lo cogí con Paco el Niebla, y como nos daba miedo nos pusimos ciegos de coñá... sí, sí, que el Niebla llegó a Madrid borracho y se llevó treinta años borracho, tú... y una vez que estábamos en Hawai y nos comimos las uvas, con mucho champán, sobrino, y cogimos un avión y nos plantamos en Los Ángeles, y ¡otra vez las doce uvas y más botellas de champán!... pero ahora son otros tiempos...


Donde se cuentan las ocurrencias de Badián Parra y Florencio Acurio.

Foto: jose rasero

martes 12 de octubre de 2010

48 - En La Cueva del Pájaro Azul (3)







Aprovechó Florencio la turbación de Antón ante la metralla visual que se les vino encima para liberarse de la gruesa garra de éste, levantarse y dirigirse con cierto tambaleo hacia la barra.
A mitad de camino se topó con Lucía, alerta y con semblante enojado por los gritos, que regresaba a la mesa, y que, sin mediar palabra, aferró con sus delicados dedos la cintura de él, le hizo dar media vuelta, mantenerse erguido y ocupar de nuevo su silla, sin chistar.
-Pero, se puede saber qué os pasa a vosotros dos... -articuló la joven en voz baja, haciendo volver a su rostro una sonrisa, aunque algo forzada, del todo resplandeciente.
-Tengo que preparar las cosas... -se excusó raudo Antón, apurando su vaso y recogiendo su trabuco, subiendo al escenario y dirigiéndose hacia uno de sus flancos, donde parecían esperarlo el señor de la flor y el sombrero, y un joven canijo con el pelo negro y ensortijado.
-Anda, Lucía, vámonos de aquí... -solicitó Florencio cambiando de silla y colocándose, no sin cierta dificultad, junto a la joven y su camiseta celeste sin mangas que proclamaba: Down with the capitalist.
-¿Estás loco?, ahora empieza lo bueno, hombre...
Dichas estas palabras quedó a oscuras todo el local, proyectándose a continuación dos focos sobre las tablas del pequeño escenario.
Dos sillas de enea, dos micrófonos.
Antón, sin el trabuco, surgiendo desde la oscuridad, plantándose en el centro y haciendo subir hasta su altura uno de los micros.
-...¿sí? ...¿sí?... –comenzó diciendo con su voz ruda, al tiempo que golpeaba el artefacto con sus nudillos, produciendo un leve acople- ...buenas noches, querido público... me complace presentarles esta velada a toda una leyenda viva del flamenco... Juan Cortina, el tío Cortina... algo retirado de la escena últimamente... pero que hoy nos deleitará con lo mejor de su cante... y aquí a mi derecha, al toque, la joven promesa gaditana... el Niño de la Teo...

Mientras sonaban los aplausos del aforo ahora casi lleno de la Cueva, Antón colocó el micrófono de nuevo a la altura anterior, y desapareció del escenario hacia la penumbra de la barra, mientras asomaban a él, cada uno desde un ala, el señor de la flor en la solapa, el tío Cortina, con su sombrero ladeado levemente sobre la cabeza de rizos canosos, y el joven canijo, con su guitarra asida por una mano.
Tras un silencio de expectación, se hizo el sonido. Unos acordes plenos de intuición flamenca, con ese pellizco que marca el compás. Las palmas sordas, sellando la cadencia.
Y sonó al aire una voz rasgada, con temple, atacando una soleá, ralentizada, con reposo:
...Ay, ay, ay... Sin rumbo por los caminos... Sin estrellas ni vereas... Sin rumbo por los caminos... Sin estrellas ni vereas... Y sin saber el destino... de los pasitos que me quean...
Florencio, a pesar de su cansancio y fastidio, de su lasciva ansiedad, a pesar de volar cada vez más alto en su nube etílica, y sin ser un entendido en flamenco -más allá de conocer a Camarón, Paco de Lucía, Jorge Pardo, y poco más-, amaba la música.
...Las estrellitas del cielo... se visten de colorao... y yo me visto de negro... en pensar que me has dejao...
Y allí frente a él, ondas como auras en el aire, tonadas de fuelle, manos jóvenes y garganta venerable, se comenzó a obrar el milagro de reconciliarlo con la situación, con el lugar, con los contrabandistas, con Lucía, con la vida.
...Mis fatigas son tan dobles... que no las puedo aguantar... se unen unas con otras... como las olas del mar...
Y con carita embelesada contemplaba a aquel señor, elegante y rudo a un tiempo, con su clavel, su inmaculado traje blanco, su rostro agrietado y moreno de sal bajo el sombrero inclinado, que apuntaba ahora un fandango de Huelva, arropado por las cuerdas del Niño, por la magia del duende. Y Florencio acompañaba el compás sobre la rodilla con su mano derecha, aventurando la izquierda por la cintura de Lucía, que se dejaba querer.
...De la vela... a la sombra de mi clara... De la torre de la vela... fabricaba mi gitana... canastitos de canela... y por flores los cambiaba...


Donde se cuentan las ocurrencias de Badián Parra y Florencio Acurio


Fotos: jose rasero

martes 5 de octubre de 2010

47 - En La Cueva del Pájaro azul (2)










El hombretón los llevó a un velador junto al escenario y se sentó con ellos o, para ser más exactos, entre ellos, colocando el trabuco sobre la mesa.
Entonces supo Florencio, observándolo en suspenso desde su nube etílica y escuchando como en ecos las palabras pronunciadas junto a él, que se llamaba Antón, y que era el encargado del local.
El tal Antón, tras las presentaciones, avisó a una de las camareras con un enérgico gesto de la mano, con el que de algún modo deseaba exhibir su superioridad jerárquica.
Llegó la joven a la mesa ataviada, al igual que todas sus compañeras, con una peculiar indumentaria de piconera.
Antón pidió con su voz grave tres güisquis con hielo y unas avellanas, y, al marchar la chica, comentó jocosamente “que habían decidido desvestirlas de época para ir entonando al personal”.
Florencio miró atónito a Lucía esperando de ésta una respuesta contundente frente a aquella bravuconada de macho, pero sólo encontró en ella una leve sonrisa de complicidad o, en todo caso, indiferencia.
Aquello lo descentró -si esto era ya posible- aún más, y lo hizo sentirse a disgusto en aquel lugar, deseando que se esfumara aquel tipejo baboso de las grandes patillas de boca ancha, y que ellos dos marcharan raudos y arrebolados de una vez hacia casa de Lucía.
-Cuéntale, Antón, cuéntale a nuestro amigo la historia del local... -lo animó ésta levantándose de repente- ...mientras yo regreso... -dejó en el aire las palabras, alejándose con el contoneo de sus largas piernas ceñidas por la tela vaquera.
Veía Florencio marchar de espaldas aquella camiseta celeste sin mangas y se empeñó tozuda e inútilmente en recordar cuál era el eslogan que danzaba por delante, sobre sus pechos saltarines.
La cara redonda y mofletuda se esmeró entonces en casi declamar con solemnidad la leyenda del personaje decimonónico ante el abatido Florencio.
-El Pájaro Azul, amigo, tendría unos treinta años, andaba soltero, aunque se le conocían un gran número de amantes, y de él se decía que, aparte su condición de contrabandista valiente y arrojado, era amigo de los pobres y persona de gran corazón,... y con una pinta muy parecida a la mía, aunque, eso sí, con algunos kilos de menos...
Las risotadas del hombretón retumbaron en la mente atribulada de Florencio, arrepentido de nuevo de no haberse marchado directamente a casa al salir del instituto, de no haber llamado a su  familia, comido bien, descansado, ensayado... Pensó que al día siguiente –ya era el día siguiente- tenía programa de radio, y que no había preparado nada.
-...Estamos hablando de la segunda década del siglo XIX, compadre. Hágase una idea. Tiempos de trienios liberales, constituciones, revoluciones, y de los jodidos cien mil hijos de san Luis... -el tal Antón parecía recitar aquella historia de memoria-...la banda del Pájaro azul la formaban unos siete u ocho personajes escogidos entre lo mejorcito de los barrios y muelles de Cádiz...
Sólo la esperanza de acabar aquel larguísimo día saboreando por fin los encantos imaginados en Lucía, en Lucía sin aquellas prendas, sin aquel olvidado eslogan, en Lucía al desnudo, sola para él, lo hacían mantener la compostura y la calma.
-...sus trabajos consistían, en lo básico, diríamos, en hacer negocios... ya sabes, al margen de las barreras del Estado, entonces tan corrupto y estafador como ahora...
Las escandalosas carcajadas las acompañó Antón tras éstas últimas palabras de un manotazo en la espalda de Florencio.
-...y teníamos a la Tía Juanica, una vieja que se dedicaba al estraperlo y a lo que podía, y que vivía cerca de la catedral, es decir, por aquí mismito...
Florencio observaba tras los cabellos negros y alborotados de Antón cómo Lucía hablaba en la barra, dejando ver su esbelta figura y oír la más radiante de sus sonrisas, con un hombre mayor, que lucía una flor en la solapa de su chaqueta blanca y movía en su mano derecha, jugueteando con él, un sombrero también blanco de fieltro de fedora.
-...en su partidito la vieja guardaba un baúl cuyo falso fondo daba acceso a unas cuevas en donde parece que se escondía el Pájaro Azul...
La conversación de Lucía con el señor del sombrero parecía ir para largo y Florencio, que tras ver a tanto hombre y a tanta camarera desvestida andaba ya algo mosca, intentó excusarse educadamente con el del trabuco para dirigirse hacia la barra, pero éste lo agarró sin contemplaciones por el brazo con los gruesos dedos de su mano y lo mantuvo pegado a la silla.
-...la cosa es que en los años sesenta un tal Fedriani abrió este garito y le puso el nombre de aquel contrabandista... Alguno hay por ahí todavía vivo que podría atestiguar cómo fueron los comienzos del local...
-Oye...   este tan histórico garito no es más que un puto prostíbulo, ¿verdad?... -se aventuró Florencio con voz pastosa, no muy consciente del pleonasmo y empezando a perder la paciencia, pero se vio cortado por un sonoro manotazo sobre la mesa.
-¡Ni hablar, compadre! ¡Esto ni es prostíbulo ni sala de fiestas! ¡Esto es un tablao flamenco! ...¡y sanseacabó! -exclamó Antón, de repente poseído por una ira sorprendente, atrayendo hacia ellos las miradas de todos los presentes.



Donde se cuentan las ocurrencias de Badián Parra y Florencio Acurio


Fotografía: lavozdigital.es

viernes 1 de octubre de 2010

Exposición: "Formas de mirarlo"

Hoy será realidad algo que  aproximadamente hace un año se coló  en mi cabeza como una de tantas ideas disparatadas. Se inaugura mi primera exposición fotográfica. El lugar: La Antigua Parra del Veedor (vox populi: Bar de las Niñas): calle Veedor esquina con calle Plata, en Cádiz capital, of course.
Para los que no podáis verla in situ, os dejo aquí las fotografías (falta una, ¡se  ha extraviado o borrado!) Espero os guste:

Foso. Cádiz

Piojito. Cádiz

Mujer con sombrero y bolso rojos. Madrid

San Miguel. Cádiz

San Carlos. Cádiz

Balcón con cristal roto. Cádiz

Reflejos I. La Caleta. Cádiz

Gran Cañón I. La Caleta. Cádiz


Gran Cañón II. La Caleta. Cádiz

Reflejos II. La Caleta. Cádiz

Isla. La Caleta. Cádiz

Farola. Cádiz

Sierpes. Sevilla

Escalera. Praga

Espejos del alma. Cádiz

Puente Erasmus. Rotterdam


Metro y Rascacielos. Rotterdam

Red Light District. Amsterdam

Escaleras invertidas. Madrid

Saxo soprano. Cádiz

Duende. Cádiz


Fotos: jose rasero