martes 30 de noviembre de 2010

55 - "...-Sábado, diecinueve del nueve de dos mil nueve –contestó Laslo, leyendo el reloj de forma exhaustiva..."

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Florencio reprimió como pudo la carcajada que le explotaba por dentro, y acabó de un enérgico trago lo que quedaba en su vaso, dispuesto a obtener de una vez su maleta y salir de aquel mundo delirante y senil en el que se había visto envuelto.
Decidió agacharse para atrapar él mismo la cartera, pero justo cuando iniciaba el movimiento de descenso vio cómo a la anciana le cambiaban la expresión y el color de la cara, cómo con gran rapidez extraía de uno de los bolsillos superiores de la guayabera negra un mando a distancia y cómo enfocaba éste hacia el televisor para activar el sonido.
Florencio se giró hacia el aparato y contempló embobado aquellas imágenes, recientes, de hacía no más de unas horas, que mostraban al señor mayor de la pasada noche, al cantaor, al tío Cortina, todavía impecablemente vestido, con su flor en la solapa de la chaqueta blanca y con el sombrero, tras el que intentaba infructuosamente ocultar el rostro, y al hombretón de pelo alborotado del trabuco, Antón, sin trabuco, que parecía resistirse y dar gritos al mundo, rodeados ambos por guardias civiles... los dos detenidos han ingresado esta misma mañana de sábado en prisión... saliendo de la Comandancia de Chiclana, en Cádiz... imputados por los presuntos delitos de explotación sexual, blanqueo de capitales y falsedad documental... junto con imágenes de archivo, en las que se mostraban, en panorámicas horizontales, diferentes locales de alterne de carreteras... hasta ahora se ignora el paradero de la mujer y la hija del cantaor y empresario... y, acompañando estas palabras, una foto fija de ésta última.
-...mi Rubí... –acertó a pronunciar  la atónita anciana.
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viernes 26 de noviembre de 2010

Atmósfera

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Lámina VII: Cristóbal Ruiz Malia

Brochazos. Jose Rasero. Cádiz. 2001
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martes 23 de noviembre de 2010

54 - Una orgullosa dama







...desde que el tío Cortina empezó a verse rodeado de gentes de mala calaña, carcamales, gusanos, chupasangres, escoria, cuando nosotros vivíamos tan templaos con nuestro barecito de “La taberna”, pequeño, pero acogedor, de buen ambiente, usted ya me entiende,  y buenas tapas, con el que íbamos tan a gusto, y el tío se echaba sus cantecitos cuando quería, y donde le llamaran, que todavía le llaman, pero tuvieron que aparecer esos... y le engatusaron los cabrones metiéndole pajaritos de colores en la cabeza, ideas maravillosas, locas, disparatás, de riquezas, de fortunas, de grandes haciendas, de dinerales, de una vida por todo lo alto... la que él tuvo cuando joven... que se la pusieron delante de las narices... y claro,  la que quería tener otra vez el mu cabrón... con niñatas jóvenes a su gusto y pa elegir... con poderío... y él, como un toro viejo tras los cabestros se había ido largando de a pellizquitos, oliendo coño fresco... vendió nuestro bar, se sacó todos los ahorros y se montó lo del Pájaro Azul, se largó a un apartamento del paseo marítimo... ¿que si con otra?, pues yo no lo sé, pero total, con putas sí que andará... y a mí, que ya me había ido dando de lao de a poquito... ya me tiró del to a la basura... el mu desgraciao... que me partiera un rayo... y aquí me ha dejao, desarmá, y sola, porque mi niña, la Rubí...  bueno, la Rubí...
La vieja se apoyó en el televisor encendido, sintiéndose por un momento desfallecer,  quedando por unos instantes como ida.
Después, respiró profundamente, metió sus nerviosas manitas en los bolsillos bajos de la guayabera negra y regresó dando sus pasitos hacia la mesa.
-...en este piso que es lo que teníamos pa los tres, el muy cabrón... que es lo único que me ha dejao...-expulsó la vieja, dejándose caer de nuevo en la silla, derrotada, frente a Florencio.
Ahora es éste  quien le ofrece un cigarrillo y le acerca la llama del mechero.
-...pero aquí donde me ve, joven, y aunque me esté mal en decirlo a mí, yo soy una mujer de presencia muy aristocrática –prosiguió, con la misma voz arrugada pero elevando ahora su tono,  tras expulsar el humo de su cigarrillo imitando, para sorpresa de Florencio, las maneras de una estrella de cine, con expresión estirada y distante, como recobrando un orgullo que se le hubiera escurrido entre sus pasitos y palabras anteriores- una dama, no se vaya usted a equivocar conmigo, de las que no abundan, de las que ya no hay, pero claro...
-...ya, ya, vale, pero ¿y Lucía?, ¿qué sabe de ella?, ¿sabe a dónde ha ido?, ¿dónde puedo encontrarla? –interrumpió Florencio, impaciente con la pausada y delirante dinámica que había tomado la cosa, tan ajena a su objetivo.
La vieja lo miró entonces con grandes ojos, como si lo viera por primera vez en su vida. Parecía exhausta, y permaneció en silencio, dando un buen y largo trago, tras lo cual volvió a posar la mirada fijamente en Florencio.
-...oiga,  ándese con cuidado con esa gentuza... La niñata no es de fiar. Y el maricón  de enfrente menos... Algo raro se traen... Para mí que son terroristas...

Foto: jose rasero
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martes 16 de noviembre de 2010

53 - La guayabera negra








La vieja se sentó en una de las sillas estampadas, justo frente a Florencio, olvidando la maleta en el suelo y poniendo un vaso largo de cristal, que extrajo de un bolsillo inferior de la guayabera negra que usaba, sobre la mesa camilla.
-Vamos, hijo, acompáñeme... echemos un traguito...
Florencio declinó con un gesto de la mano la invitación e intentó explicar que tan solo quería recobrar la maleta y marcharse, pues tenía prisa, pero la vieja exhibió unos reflejos y una rapidez asombrosos, llenando el vaso por la mitad y encajándoselo en esa misma mano, sin darle opción alguna a rechistar, y proponiendo finalmente un brindis por el purificador incienso, que todo lo sana.
-Esto le trajeron esta mañana temprano... -refirió, tras soltar el vaso, señalando hacia el suelo, donde permanecía la maleta- ...me dijeron que usted vendría...
-¿Luis?...
-...por eso preparé estas copitas... No, a ese no lo vi. Vino la chica... la que anda en trajines con mi marido... -ahora sacó de otro bolsillo una cajetilla de tabaco rubio, ofreciendo uno a Florencio.
-¿Lucía?... –preguntó éste con el corazón explotando en sus ojos, y aceptando el pitillo.
-Sí. Esa...
-Entonces su marido es... -reflexionó Florencio en voz alta, satisfecho al pensar que andaba en el camino correcto para dar con Lucía.
-Literal. El viejo hijo de la gran puta del tío Cortina... -escupió la vieja prendiendo con una cerilla los cigarros de ambos.
Tras ello fumaron y bebieron en silencio,  entre  las volutas azuladas de humo, mirándose directamente a los ojos, como tratando de descubrir cada uno los pensamientos del otro.
Vista de cerca, a la luz de los fluctuantes reflejos del televisor, la vieja, a pesar del excesivo maquillaje, revelaba no serlo tanto, si acaso andar en ciertos excesos, estar atravesando una mala racha, dejándose ir...
Florencio, entusiasmado tras la mención a Lucía, y algo turbado por las reveladoras palabras sobre el marido de la señora, quiso seguir descubriendo cosas, y ahora fue él, cuyo malestar se había diluido bajo los efectos del alcohol y el  penetrante efluvio del incienso, quien propuso un nuevo brindis, por el poder esclarecedor del güisqui, improvisó.
Tras chocar los vasos y dar un lento y largo trago la mujer le soltó a bocajarro:
-¿Qué tiene usted que ver con esa gentuza? ...aparte estar colgado como un merluzo por la niña esa de los cojones...
Florencio, pasando por alto la última afirmación, resumió someramente, más aun de lo que ya era en realidad, su relación con Luis, con Lucía e incluso con el tío Cortina.
-...a quien conocí anoche, de refilón...
Tras ello asistió atónito a la narración de la extravagante vieja que, puesta en pie y con el vaso en la mano, bajo aquella enorme camisa caribeña que la hacía parecer un espantapájaros, bajita,  canija, nerviosa, dando pasitos cortos que la acercaban y la alejaban de él, le fue refiriendo desde sus labios de rojo carmín desdibujado, cómo su matrimonio se había ido a pique...

Foto: jose rasero
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domingo 14 de noviembre de 2010

Ahora. Allí.

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Una piedra
una onda en el lago
una ola en el mar.

Una daga
un corte en la cara
una herida en el alma.

Una bala
un herido que habla
una muerte -siempre- de más,
que todo lo calla.

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Óleo de Marian Ramírez
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sábado 13 de noviembre de 2010

Arte en la calle (y 2)


Los burgueses de Calais

 El puerto de Calais era de gran importancia estratégica, por lo que el rey inglés Eduardo III ansiaba conquistarlo. Al encontrar una fuerte resistencia, dejó sin alimentos  a la ciudad que, lejos de venirse abajo, plantó cara a sus enemigos y les impuso la siguiente condición: les dejarían entrar si los ciudadanos pudieran a su vez salir libremente. Sin embargo, ésto enfadaría aun  más a los ingleses que aceptaron la oferta a cambio de que seis hombres notables se presentaran ante el rey con sogas, humildes togas, y con las llaves de la ciudad

Rodin crea un grupo escultórico circular (aunque en esta muestra en la calle aparezcan por separado), invitando al espectador a integrarse con ellos.
Cada uno tiene una expresión distinta, una posición característica, que serían el modo de mostrarnos cómo se enfrentan a la muerte: cabizbajos, con la cabeza alta, horrorizados, con las manos tapando su rostro.
Finalmente, y felizmente, serían indultados.

Rodin imprimió en sus esculturas su propia personalidad, ya que nunca se amedrentó hacia las críticas. Hizo una escultura cerca del impresionismo, muy naturalista y con una gran carga emotiva. Huía entonces del academicismo del momento (1888)



                                                                   Fotos: jose rasero

martes 9 de noviembre de 2010

52 - La búsqueda












La cervecería en la que entró rebosaba caras risueñas y vocingleras en la soleada mañana de sábado, y Florencio se sentía morir, o estallar.
Fue directo hacia la barra, ocupó un pequeño espacio libre e hizo un nervioso gesto al camarero.
-Una cerveza...–farfulló.
Al momento tuvo que gesticular de nuevo para que le activaran la máquina de tabacos y finalmente, pues parecía haberse vuelto invisible, elevar la voz, que le salió ronca y agrietada.
La televisión sonaba al fondo, con estrépito de coches endiablados.
Con la ruidosa masa frente a él Florencio bebió en silencio, un trago largo, a conciencia, ajeno a toda tertulia o palabrería intrusas, como una isla de quietud en la inmensidad del bullicio.
Abrió la cajetilla y prendió un cigarro, dejando que humo y alcohol lo envolviesen por entero.
Cuando inició la segunda cerveza se decidió a ordenar sus ideas.
Lucía.
Era la única idea que podía ser ordenada, comprendió. El único objetivo inaplazable. Verla.
Y la cuestión se resumía en: ¿qué podía hacer?
-Ir a casa de Luis –se escuchó decir con su voz quebrada, ante las miradas boquiabiertas de quienes le rodeaban.
De hecho –continuó, pensando ya para sí- la mañana anterior olvidó allí su maleta, lo que la convertía a ésta en la excusa perfecta.
Ya en la calle, la decisión tomada, el objetivo evidente, y los dos vasos, le hicieron sentirse mejor.
Caminó a buen ritmo.
Pasó por el Mercado Central, la Plaza de las Flores, Columela y Canalejas. Allí torció a la izquierda y al poco se encontraba ya en la callejuela junto al portal de Luis.
Éste permanecía abierto de par en par. Entró y pulsó el botón de llamada del ascensor. Dentro de éste marcó el tercero y contempló su imagen de espectro alucinado en el espejo. Frente a la puerta blindada respiró profundamente y pulsó el timbre. Esperó. Volvió a pulsar, de forma algo más continua. Esperó. Pulsó de nuevo. Observó que había otra puerta justo en frente a la de Luis y por un momento pensó en preguntar por él a quien viviese allí, pero desechó la idea.
Cuando se disponía a entrar de vuelta en el ascensor para largarse, escuchó cómo alguien abría esa misma puerta en la que había estado pensando.
-Eh, joven...
Una anciana de pelo blanco, pequeña, delgada y arrugadita, se asomaba desde la puerta.
-Venga aquí, tengo algo para usted –indicó, con una voz aguda y también arrugada.
Florencio se acercó hacia la puerta con enorme sorpresa y lentitud, y vio entonces cómo la anciana se perdía en el interior de la casa.
-...pero, vamos, ¡no se quede ahí como un pasmarote! –la oyó gritar.
Y Florencio penetró en aquella morada que, aun teniendo el mismo tamaño y distribución que la de Luis, conformaba un universo diametralmente opuesto y, por lo que aventuraba el fuerte aroma a incienso que la envolvía, cuando menos, inquietante.
La luz era escasa en la estancia, pues el gran ventanal de la derecha además de dar a un callejón sombrío tenía las persianas caídas por la mitad.
En aquel ambiente espeso y en brumas pudo Florencio atisbar que el centro del amplio salón, con el mismo alto techo y las vigas de madera, lo ocupaba una mesa camilla rodeada por cuatro sillas tapizadas, a juego con el desvencijado sofá que se hallaba pegado a la pared. Justo enfrente un aparador de madera, antiguo, en el que sobresalía un gran televisor, también con años, emitiendo silenciosas imágenes de coches endiablados.
Ya más hecho a aquella penumbra observó sobre la mesa camilla un cenicero con colillas, una botella recién abierta de whisky JB y un vaso con dos dedos del licor, un platito con frutos secos, una revista de crucigramas con un lápiz sobre ella y una novela policiaca titulada Los siete crímenes de Perec.
-Siéntese joven –dictó la voz ajada de la anciana, que traía consigo la maleta de Florencio.


Foto: jose rasero

sábado 6 de noviembre de 2010

martes 2 de noviembre de 2010

51 - El día después

La luz del mediodía, filtrada por la rejilla del balcón en líneas diagonales, iluminaba levemente el dormitorio, pequeño, repleto de libros, papeles, ropas desperdigadas.
Florencio, incrustado entre las sábanas, abrió un ojo al mundo, y luego otro. Vislumbró la tela cuadrada que colgaba en la pared frente a su cama, representando, en unos cuantos trazos nerviosos, a una africana cargando con algo sobre la cabeza. Maldijo durante un rato, intentando aclarar los pensamientos adormilados y revueltos. Se levantó con torpeza y maldijo aún más, sin saber todavía exactamente el porqué. Tras enjuagarse la cara, se observó en el espejo. Hizo muecas, y los ojos bien abiertos recibieron su imagen espantada.
Y una buena bofetada de realidad.
Ya nos vemos... Tengo que irme...
Mierda, pensó.
Trastabillando se dirigió a la cocina, pequeña también, con una ventana al fondo desde la que se observaba la entrada a la playa de la Caleta y un poco de mar azul. Sacó una botella de agua fría de la nevera y dio un trago bien largo. Después puso una cafetera al fuego.
Mierda.
En el salón, la estancia más amplia de la casa, se acercó al equipo de música y, tras unos instantes de duda, se decidió por Cello Suites de Bach, interpretado por Pablo Casals.
Se dejó caer en el sofá y la Suite número uno, el cello suave y algo monótono, le acompañó en el descontrolado repaso de la noche anterior.
Y, entre todas las imágenes que se le superponían y mezclaban, distinguió finalmente la de Lucía levantando a Luis con la ayuda de Antón, saliendo ambos después con aquel a cuestas, junto a su tambaleante amigo, de La Cueva del Pájaro Azul.
Y las últimas palabras de Lucía: Ya nos vemos... Tengo que irme.
Mierda.
Tras tomar el café buscó Florencio como un poseso un cigarro por toda la casa, que no encontró.
Reparó entonces en la funda negra de la flauta travesera, en la mesita del salón.
-¡Coño!. Soy profesor... Debería estar contento –dijo en voz alta.
Pero no lo estaba. Su estado de ánimo se debatía entre el agudo malestar físico y la completa desazón de sus sentimientos.
En su cabeza las palabras, Ya nos vemos... tengo que irme, se repetían hasta la desesperación.
Junto a la mesa y a la funda de la flauta, sobre otra pequeña mesita, se hallaba el ordenador portátil, encendido. Tras este se levantaba un atril, con la partitura abierta de Badinerie de Bach.
Al ver ésta recordó Florencio el blog que había iniciado hacía poco. Sentándose frente al ordenador tecleó en el buscador badineriebach.blogspot.com. Comenzó a escribir.
(...)
Al terminar se fijó en la entrada anterior. Era un guión para el programa de radio. Lo imprimió.
Se puso ropa limpia, cogió dinero, el móvil, el papel impreso y salió a la calle.
Un agradable sol de septiembre lo acompañó en su incursión por las callejuelas de La Viña.

Foto: jose rasero