La cervecería en la que entró rebosaba caras risueñas y vocingleras en la soleada mañana de sábado, y Florencio se sentía morir, o estallar.
Fue directo hacia la barra, ocupó un pequeño espacio libre e hizo un nervioso gesto al camarero.
-Una cerveza...–farfulló.
Al momento tuvo que gesticular de nuevo para que le activaran la máquina de tabacos y finalmente, pues parecía haberse vuelto invisible, elevar la voz, que le salió ronca y agrietada.
La televisión sonaba al fondo, con estrépito de coches endiablados.
Con la ruidosa masa frente a él Florencio bebió en silencio, un trago largo, a conciencia, ajeno a toda tertulia o palabrería intrusas, como una isla de quietud en la inmensidad del bullicio.
Abrió la cajetilla y prendió un cigarro, dejando que humo y alcohol lo envolviesen por entero.
Cuando inició la segunda cerveza se decidió a ordenar sus ideas.
Lucía.
Era la única idea que podía ser ordenada, comprendió. El único objetivo inaplazable. Verla.
Y la cuestión se resumía en: ¿qué podía hacer?
-Ir a casa de Luis –se escuchó decir con su voz quebrada, ante las miradas boquiabiertas de quienes le rodeaban.
De hecho –continuó, pensando ya para sí- la mañana anterior olvidó allí su maleta, lo que la convertía a ésta en la excusa perfecta.
Ya en la calle, la decisión tomada, el objetivo evidente, y los dos vasos, le hicieron sentirse mejor.
Caminó a buen ritmo.
Pasó por el Mercado Central, la Plaza de las Flores, Columela y Canalejas. Allí torció a la izquierda y al poco se encontraba ya en la callejuela junto al portal de Luis.
Éste permanecía abierto de par en par. Entró y pulsó el botón de llamada del ascensor. Dentro de éste marcó el tercero y contempló su imagen de espectro alucinado en el espejo. Frente a la puerta blindada respiró profundamente y pulsó el timbre. Esperó. Volvió a pulsar, de forma algo más continua. Esperó. Pulsó de nuevo. Observó que había otra puerta justo en frente a la de Luis y por un momento pensó en preguntar por él a quien viviese allí, pero desechó la idea.
Cuando se disponía a entrar de vuelta en el ascensor para largarse, escuchó cómo alguien abría esa misma puerta en la que había estado pensando.
-Eh, joven...
Una anciana de pelo blanco, pequeña, delgada y arrugadita, se asomaba desde la puerta.
-Venga aquí, tengo algo para usted –indicó, con una voz aguda y también arrugada.
Florencio se acercó hacia la puerta con enorme sorpresa y lentitud, y vio entonces cómo la anciana se perdía en el interior de la casa.
-...pero, vamos, ¡no se quede ahí como un pasmarote! –la oyó gritar.
Y Florencio penetró en aquella morada que, aun teniendo el mismo tamaño y distribución que la de Luis, conformaba un universo diametralmente opuesto y, por lo que aventuraba el fuerte aroma a incienso que la envolvía, cuando menos, inquietante.
La luz era escasa en la estancia, pues el gran ventanal de la derecha además de dar a un callejón sombrío tenía las persianas caídas por la mitad.
En aquel ambiente espeso y en brumas pudo Florencio atisbar que el centro del amplio salón, con el mismo alto techo y las vigas de madera, lo ocupaba una mesa camilla rodeada por cuatro sillas tapizadas, a juego con el desvencijado sofá que se hallaba pegado a la pared. Justo enfrente un aparador de madera, antiguo, en el que sobresalía un gran televisor, también con años, emitiendo silenciosas imágenes de coches endiablados.
Ya más hecho a aquella penumbra observó sobre la mesa camilla un cenicero con colillas, una botella recién abierta de whisky JB y un vaso con dos dedos del licor, un platito con frutos secos, una revista de crucigramas con un lápiz sobre ella y una novela policiaca titulada Los siete crímenes de Perec.
-Siéntese joven –dictó la voz ajada de la anciana, que traía consigo la maleta de Florencio.
Foto: jose rasero