martes 28 de diciembre de 2010

59 - "Nomenclátor"

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Al otro lado de la pecera la melena de Jotajota revoloteaba de un lado a otro, inquieto éste ante aquel papel que tenía por delante.
Periáñez había salido ya del locutorio y Florencio se colocaba los cascos mientras se emitían cuñas publicitarias.
-Tú sólo dale a la música que pone ahí que ya me encargo yo... -quiso tranquilizar Florencio por línea interna al cariacontecido Jota.
-Tú mandas... -respondió este encogiéndose de hombros y dando entrada a lo que tenía escrito:
(Música: Fiesta. Joan Manuel Serrat)
Tras unos instantes en los que Florencio continuó subrayando y haciendo gestos para que Jota mantuviera unos segundos más la música por fin alzó una mano y el piloto rojo se encendió.
Estaba en el aire.
-...una noche más una cita con Nomenclátor, el microprograma... que nos... ...algo más la ciudad en que vivimos, que amamos, y nos interpreta los misterios de las calles en que habitamos...
(Música: Arcangelo Corelli. Ver Disc 3. Corte 14-18. Iniciar 4 seg. Después fondo. Subir-bajar, según indicaciones)
-...ni Sagasta, ni calle Sacramento, ni la propia Avenida... La vía que todo ciudadano sabe dónde está pero que apenas es transitada. «¿Dónde está Arbolí?», pregunta un extranjero a un gaditano en Columela. «Ahí al lado, en Compañía», contesta. «¿Y qué hay de característico en esta vía?», añade el extranjero y el gaditano se queda sin palabras, e invita al turista a tomar una tapa de chocos en el freidor...
Florencio hizo un nervioso gesto en ese instante para que entrase de nuevo la música.
Las letras le bailaban en el folio, el sudor corría por sus sienes y la voz parecía que le fuese a fallar en cualquier momento y por siempre jamás.
-...pero Arbolí es más que un nombre. Es un espacio lleno de recuerdos, sentimientos y descubre el Cádiz más auténtico... un Cádiz que fue creado para evitar que el fuerte viento de Levante molestase a sus ciudadanos... y esta calle es la mejor prueba de esta configuración... desde Compañía hasta San Juan... sólo se ven casapuertas y negocios, algunos cerrados... una escuela de danza, obreros trabajando para edificar nuevas viviendas para jóvenes promovidas por Procasa...
De nuevo otra angustiada señal a Jota.
El móvil estaba sonándole como una maldición en el bolsillo y los nervios consiguieron que la simple operación de cogerlo y apagarlo se convirtiese en una extraña serie de contorsiones que hicieron caer los cascos de su cabeza y a él mismo casi resbalarse de la silla y terminar estampado en el suelo, pero por fin consiguió que el diabólico aparato estuviera sobre la mesa y felizmente apagado.
Nueva señal de paso a un alucinado Jota.
-...sólo entrando en la calle por Compañía se comienza a respirar ese olor añejo de los trabajos tradicionales... la tapicería de Antonio López lleva atendiendo al público desde el año 1956... sofás, sillones, cómodas y escabeles cambian cuando se ponen en mano de Antonio López... en Cádiz ya quedan pocos tapiceros, lo que provoca que todo aquel que demande este servicio acuda a él...
(Volvemos a Corelli y fundimos con Serrat)
-...pues eso es todo por hoy... mañana más...
(Terminamos con Serrat y vamos a publicidad)


Foto: jose rasero
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martes 21 de diciembre de 2010

58 - En la emisora


Delante de él, hacia un lado y hacia otro, como ráfagas de viento y luz, se sucedían vertiginosos los automóviles frente a su quietud ebria y pasmada.
Las seis menos cuarto, comprobó en el móvil. El semáforo cambió a la luz verde y Florencio cruzó las franjas blancas, dirigiéndose al bar que se hallaba bajo la emisora, con el rostro de Lucía, toda ella en realidad, paseando a sus anchas en su mente.
Justo antes de entrar al establecimiento, sin embargo, el rostro que vislumbró en una de las mesas del fondo fue el de Periáñez, el director del magazine. Su jefe.
Giró sobre sí mismo y encauzó sus pasos hacia la otra manzana, hacia otro lugar, hacia otro bar.
Una vez que halló uno y comprobó que no había nadie en él que pudiera perturbarlo se acercó a la barra pidiendo un café y un trozo de tarta.
Volvió a mirar el folio con el guión.
Al menos tengo señalados los cortes musicales, pensó, con cierto aunque algo ingenuo alivio.
Tras comer con avidez el trozo de tarta, pues no había probado bocado en todo el día, dio un sorbo al café, y comenzó a subrayar un poco a las locas aquello que iba a locutar en unos minutos.
Cuando acabó con esta labor y también con el café, dejó unas monedas sobre la barra y se dirigió por fin hacia la emisora de radio.
La redacción estaba, como siempre a esas horas, vacía. Hizo un par de fotocopias del doblado y desgastado folio del guión y se encaminó a la zona donde se hallaban los tres estudios de la emisora. El número uno estaba al fondo, con sus dos puertas aislantes cerradas. La del estudio de locución y la de la sala de control. Florencio entró en la segunda, donde se hallaba en su puesto, de espaldas a él, Jotajota, el melenudo y campechano técnico de sonido. Al otro lado de la pecera, solo, tras la mesa redonda, con los cascos puestos y la mirada perdida, Periáñez hablaba al micrófono. Florencio no escuchaba nada, pues la línea exterior estaba cerrada. Jota, también con los cascos puestos, le hizo un gesto de saludo con la mano y Florencio le golpeó amigablemente la espalda.
Después se acomodó en una de las sillas que había junto a  la pared de atrás, y comenzó a leer en voz baja aquello que había subrayado poco antes.

Foto: jose rasero
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martes 14 de diciembre de 2010

57 - La carrera interminable














-¿Qué, ha escuchado lo del Tom Cruise y la Cameron Díaz? –atacó raudo el taxista, escrutando a Florencio por el retrovisor.
-No... no... -acertó a responder este, intentando leer el folio del improvisado guión con el que pensaba realizar el programa de radio.
-...pues ya está confirmado, lo pone el Diario, van a rodar una película en Cádiz... bichita o güichita se llama, o algo así –prosiguió imparable el hombre, y Florencio asentía con la cabeza mientras continuaba repasando aquel escrito, sacado básicamente de un artículo que leyó hacía unas semanas en La Voz de Cádiz.
-...por lo visto van a ser escenas de persecución por las calles del centro... ya ve... la que se va a liar...
Florencio intentaba con desesperación  cambiar algunas frases, buscar sinónimos, variar estructuras sintácticas, para que el plagio no resultara tan evidente, pero su estado físico y mental, así como la perorata del incansable conductor no ayudaban mucho.
-...la calle Ancha la van a decorar como si fuera Pamplona, y van a soltar toros y todo... como si se tratara de los san Fermines...
El programa de radio de Florencio consistía en un pequeño espacio de cinco minutos insertado en un magazine vespertino. Se titulaba Nomenclátor, y en él contaba cada sábado la historia, anécdotas, establecimientos y personajes curiosos de una calle de Cádiz. En otras ocasiones Florencio se había documentado por sí mismo, acercándose a la vía en cuestión, hablando con los tenderos y vecinos, así como leyendo todo lo que le fuera de interés. Pero para este sábado toda su información se limitaba a aquel maldito artículo del periódico.
-La calle Arbolí... -se escuchó pensar en voz alta.
-¿Cómo?... No, por ahí no van a pasar... sólo por la calle Ancha y las de alrededor... que digo yo, oiga, ¿que por qué coño no se van a grabar a Pamplona?...
Florencio miraba abrumado el rostro del taxista a través del espejo retrovisor, y lo escuchaba atónito hablar y no parar.
-...¿sabe lo que le digo?... que es que grabar aquí seguro que les sale más barato... si es que no sabemos vendernos... por cuatro perras les va a salir poner todo el centro de Cádiz patas arriba... lo que yo le diga...
Por suerte para Florencio la carrera llegó increíblemente a su fin, y tras abonar la tarifa, pudo perder de vista y de oído al cargante taxista parlanchín.
Y allí estaba ahora.
Frente a la emisora de Radio Cádiz.


Foto: jose rasero
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martes 7 de diciembre de 2010

56 - ¡Taxi!

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La pobre mujer se levantó de nuevo y con los dedos delgados y nerviosos colocó unas lentes sobre su naricilla, acercándose mediante sus cortos pasitos hacia el televisor para, ya junto al aparato, posar una maternal mano sobre la catódica pantalla, sobre aquella foto fija de Rubí.
-...mi Rubí... mi Rubí...-repetía una y otra vez como en trance, incluso cuando la imagen de su hija había desaparecido hacía ya un buen rato del televisor.
Florencio aprovechó la turbación cautiva de la anciana para alcanzar por fin su maleta y escapar sin más de aquel extravío de locura, lo que consiguió corriendo como un poseso escaleras abajo.
Una vez en la calle, resoplando, apoyó la espalda contra una pared y varias cuestiones se le agolparon atropelladamente en el cerebro.
La estupefacción, el delirio, aquel extravío de locos, se dijo, no eran solo cosa de la anciana y de aquella estancia cegada y enrarecida de la que acababa de huir. Todos aquellos sentimientos se hallaban instaurados, inoculados como un virus en su propio ser.
Ignoraba qué hora era, por un lado, y se mostraba incapaz de situarse medianamente, por otro, pues volvía a estar ebrio.
También continuaba sin tener la más mínima idea de cómo ni dónde encontrar a Lucía. Su gran objetivo.
Sacó el móvil del bolsillo y comprobó que eran las cinco y diez de la tarde.
-Mierda... -dijo por enésima vez aquel día.
Cádiz resulta la ciudad perfecta para pasear tranquila y descuidadamente por sus calles, alamedas o playas, pero Florencio entraba inexorablemente en antena a las seis y cuarto y decidió, pues no le quedaba otra, coger un taxi, cosa nada de su agrado.
Dispuesto a no verse sometido por la previsible charla, batería de preguntas, filosofías o disquisiciones del taxista, y así poder reflexionar tranquilamente unos instantes, se sentó en la parte trasera del vehículo.
-A Radio Cádiz, por favor.


Foto: jose rasero
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