martes 25 de enero de 2011

63 - La sorpresa (I)

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…y justo al lado del número catorce de Arbolí, la Taberna La Sorpresa.
Ese nuevo detalle hizo sonreír a Florencio que, comprobando que sólo eran las siete y cinco, decidió templar los nervios y reflexionar en el interior de aquel lugar.
El aroma a finos, olorosos y manzanillas impregnaba la pequeña taberna, en cuyas paredes antiguos carteles de corridas de toros y amarillentas fotocopias con noticias del Diario,  alineaciones históricas y fotos de ascensos del Cádiz, componían una decoración de claro abolengo gaditano.
Tras la pequeña y antigua barra de muro y tapa de zinc se mostraban  unos grandes toneles con pinta de centenarios y, entre ellos y la barra, un señor de unos setenta años, se mostraba con el pelo cano y gafas de varias dioptrías.
-¿Qué va a ser?
Florencio pidió una manzanilla  pensando que de perdidos al río, mientras observaba con detenida indiferencia las paredes del local.
En sus pensamientos  a lo que en realidad mascaba y le daba vueltas   era a la propia Alicia. 
¿Quién era?.
La otra noche –¡se le hacían siglos de aquello, y aún no habían pasado veinticuatro horas!- la chica se marchó ante la presencia de Lucía, huyendo como un perrillo asustado, cuando justo antes le había propuesto entre grandes sonrisas ir a su casa.
¡Ir a su casa!
“Podríamos celebrarlo en mi casa, sería casi una forma de inaugurarla…”
Eso había dicho.
No podía creerlo. Allí estaba, junto a su casa.
Lo sencillo que habría sido todo, se dijo.
En cambio, su vida se había convertido en una  estúpida locura en forma de laberinto ebrio, cuando -pensó, observando cómo el hombre cano de las dioptrías servía un oloroso a un anciano parroquiano-  con su flamante  trabajo las cosas deberían  haber ido a mejor: habría llamado a su familia y sería una persona feliz, y apaciguada.  
Y placentero, se dijo, volviendo de pronto al recuerdo de la nocturna propuesta de Alicia, pues no dejaba de ser una chica atractiva.
Una chica de la que, por otra parte, sabía poca cosa. Que le gustaba cómo hacía sonar la travesera. Que siempre pasaba a verlo en su esquina de San Francisco. Que había estado en Oviedo de vacaciones. Que conocía a Lucía. Que no podían verse la una a la otra. Que algún oscuro  miedo le hacía huir de Lucía.
Lucía. Lucía. Lucía.
Y que, era evidente, la casi desconocida chica  que no dejaba de ser atractiva insistía en sus intenciones.


Foto: jose rasero
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martes 18 de enero de 2011

62 - Coincidencias fatales

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-Floren, por favor, tengo que verte… es importante… ven a casa… es en Arbolí catorce… llama al primero A… -escuchó él con boquiabierta atención la voz grabada de Alicia en el mensaje de voz.
¡Mierda!, pensó, alejando lo más posible de sí el aparato y pulsando con un dedo inquieto la tecla que cortaba aquello, pues las casualidades, precisamente, no eran algo que lo tranquilizasen.
Y lo de la calle de Alicia era una bomba de casualidad.
Oscuras, vagas y también cercanas sensaciones se ensañaron por completo con él, sentado a solas en el banco, hasta que al poco toda esa  confusión mental pudo concretarse en una aclaratoria y grata certeza: Alicia podría informarle  de Lucía, de su dirección, de su teléfono… de su... algo.
Se dirigió con ánimos renovados hacia el Paseo marítimo en busca de una parada de autobús, rechazada de plano la simple posibilidad de volvérselas a ver con algún cargante taxista.
Una vez en el bus comprobó que se hallaba casi vacío, línea siete, y Florencio pudo sentarse tranquilamente al fondo y contemplar por la ventanilla la grandeza del océano Atlántico.
Sus reflexiones, sin embargo, no pudieron alejarse de Alicia y las coincidencias.
No es que él hubiera sufrido en su propio ser alguna casualidad fatal, pero, lo que  resultaba ser cierto,  con precisión indudable, es que Florencio había estado leyendo sobre ello las últimas semanas, antes de que lo llamaran para ser profesor, y eso no dejaba de ser otra inquietante coincidencia.
La visión oceánica no pudo evitar que se viese enredado por los recuerdos de  las recién leídas famosas dieciocho coincidencias históricas que se dieron entre los expresidentes americanos Abraham Lincoln y John Kennedy y de tal manera se incrustó como algo pernicioso en su mente el hecho de que una semana antes de ser asesinado Lincoln había estado en Monroe, Maryland, y Kennedy por su parte había pasado tal semana con Marilyn Monroe, o la situación también cierta, por lo leído, de que Lincoln fuera frito a balazos en el teatro Ford, y John Kennedy lo fuese en una limousine Lincoln, producida en cadena por la Ford, fábrica en la que supuestamente circulaba la creencia según la cual no hay muerte de estrella famosa que no venga acompañada de dos óbitos más, instantáneos o inminentes,  de afamados. Tal creencia, según Díaz Güell, comenzaría un veintitrés de abril de 1616, día oficioso de la muerte de Shakespeare, el Inca Garcilaso  de la Vega y Cervantes, cosa nimia si se pensaba, como hacía Florencio en ese mismo instante, que un hombre llamado Sonny Graham  recibió un corazón de otro, Terry Cottle,  el cual  se había suicidado, y que años después aquel se quitaría la vida de la misma manera que este,  y que lo peor del caso resultara  acaso ser que  Graham   se había casado, sin conocer ninguno de los dos este detalle, con la viuda del donante, Cheryl, que se vio en la fatal casualidad de tener que velar en momentos distantes a dos hombres distintos y por el mismo tipo de muerte y, al fin, también, con idéntico corazón.
En estos bárbaros pensamientos se hallaba Florencio, ya en la calle Arbolí, cuando comprobó con gran nervio que el número catorce se hallaba justo enfrente de la  tapicería de Antonio López…






Fotos: jose rasero

martes 11 de enero de 2011

61 - Llamada perdida

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-¿Cómo que tanto?
-¿Sabes?, nos sales a setenta y cinco euros el programa, o lo que es lo mismo, a quince euros el minuto... -Periáñez se había puesto en pie y, deslizando su mano como una caricia sobre la madera, fue rodeando lentamente el amplio escritorio, agarró una silla y se sentó justito al lado de Florencio.
-¿Te parece mal?... –cuestionó, con un tono de voz que no gustó nada a este.
-Bueno, no, la verdad...
El viejo locutor le ofreció de nuevo un cigarrillo que aquel rechazó esta vez, quizá un poco a la defensiva ante lo que suponía que se le estaba viniendo encima.
Periáñez encendió su cigarro y, tras dar una profunda calada, miró a Florencio fijamente a los ojos y le expulsó de golpe todo el humo en plena cara.
-Pero ¿qué coño?... –bramó este, apartándose hacia atrás al tiempo que con las manos intentaba quitarse el humo de encima, lo que no impidió que la humareda se filtrase en sus ojos y le hiciera permanecer un rato frotándoselos y sin poder ver absolutamente nada.
Y así, sin alcanzar a vislumbrar la expresión de ira que transmitían aquellas gafas de cubo y las grises barbas de su jefe, sí que escuchó con toda claridad la voz grave y rítmica vocalizando con perfección radiofónica:
-...mira muchacho, que te presentes en la emisora apestando a güisqui tiene su pase, total, una vez es una vez, no ocurre nada... ya que por suerte la radio todavía no retransmite los olores... pero que salgas ahí con toda la poca vergüenza del mundo y te pongas a leer, fatal, por cierto, no más que la copia literal, palabra por palabra, frase por frase, punto por punto, de un artículo de Mayte Huguet de hace dos semanas en La Voz... pero ¿qué te piensas?... ¿que somos tontos?... ¿qué te has creído que es esto, chaval?... estamos en una cadena de emisoras con muchísimos años de historia y de prestigio como para que un mindundi como tú...
-¡Déjalo ya!, ¿vale? –Florencio había recuperado al fin la capacidad de ver, aunque fuese de forma nebulosa y, cogiendo el móvil que estaba sobre la mesa, se levantó y dirigió sus pasos hacia la puerta.
-Me largo, ya no me hacen falta tus malditos trescientos euros... ¿sabes?... Tengo trabajo... soy profesor... así que no voy a aguantar ningún discursito...
-Eh... oye... ¡vuelve aquí!...
Pero Florencio corría ya escaleras abajo, con la sensación de estar inmerso en una pesadilla que no hacía más que complicarse a cada paso que daba.
Tras caminar sin rumbo por las calles, en tinieblas para su mirada, llegó a un pequeño parque y se sentó en un banco.
Miró el móvil. La pantalla continuaba pidiéndole que marcase el número PIN, cosa que hizo. Al poco una vibración le llevó a fijar su atención de nuevo en el aparato, que ahora le informaba de la llamada perdida.
-Alicia...












Fotos: jose rasero
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martes 4 de enero de 2011

60 -
















Haría aproximadamente un año que Florencio
realizaba aquella pequeña colaboración radiofónica, Nomenclátor, un programita  que le hacía gran ilusión y con el que andaba muy
feliz. Le surgió tras pasar por un curso para desempleados y caer en gracia, tú tienes madera, tío, a su monitor, un antiguo trabajador de las ondas llamado Periáñez.
Ahora, al quitarse los cascos y
encaminarse fuera del estudio,  imaginaba
sombrío que todo aquello había llegado a su fin
Periáñez, tal como  supuso, le esperaba al fondo del pasillo con gesto
serio.  Tras sus lentes de cubo y su
barba grisácea no parecía esconder precisamente ánimos  de broma.
Con un leve movimiento de manos le invitó
en silencio a pasar a su despacho.
-¿Has visto cómo está el mundo? –preguntó
de forma retórica  una vez que hubo
tomado asiento tras un amplio y desordenado escritorio, con su voz grave y
reposada- Es de locos, tío. A este paso habrá que sacar el dinero del banco.
Florencio andaba aún envuelto en el
desbarajuste de los nervios, y en el laberinto de su mente nada de lo que
acababa de escuchar cobraba sentido alguno.
-Sí, algo he leído, Eñe –respondió
de todas maneras,  ocupando una silla
frente a su jefe- ¿Te ha gustado? –soltó, impaciente por que ocurriese lo que
tuviera que ocurrir.
-Sí, bien, bien, interpretadores de
misterios… bien… -balbuceó Periáñez con cierta indiferencia, ofreciéndole un
cigarro  que Florencio aceptó.
-Bueno –prosiguió aquel mientras se
daba lumbre- tío, no es ninguna broma ¿sabes?, lo de la crisis, en serio, la
cosa se está jodiendo bien…
-¿Me  vas a echar? –cortó Florencio, sin pensárselo,
él mismo sorprendido.
-No, mira, hombre. Hasta ahora no
he tenido problemas. Eres un colaborador, y la empresa tiene una partida para
esos gastos…
El sonido del móvil interrumpió a
Periáñez e hizo recordar a Florencio la llamada perdida que a punto estuvo hacía unos minutos de
dar con sus huesos en el suelo del estudio.
-Mierda. Perdón tío. ¿Sí? Dime…
Florencio se removió en la silla,  con el temor aleteando sobre sus pensamientos.
Sacó el móvil y lo encendió, quedando a la espera de marcar el PIN y de que
aquello se inicializase.
El despacho de Periáñez era un
enorme caos de libros, papeles, discos y restos de comida. Sin embargo –pensó
Florencio- había un algo imperceptible en él que lo dotaba de cierta
coherencia. Al fondo, junto a un ventanal desde el que se contemplaba el mar,
un enorme equipo compacto emitía la tertulia política que formaba parte del
magazine y que se realizaba en Sevilla.
-…El Comité Federal del PSOE ha respaldado hoy sin ningún tipo de fisura
la política económica del Gobierno, la prevista subida de impuestos y el
liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha defendido su 'hoja de ruta'
por considerar que el proyecto que defiende tiene un 'rumbo claro'…

-…sí, ya te llamo yo con lo que sea, adiós –Periáñez  cortó el
móvil y lo colocó sobre la mesa.

- Tío, la cosa va de recortes y más recortes. Se está recortando todo,
carajo. No hay dinero…  puta liquidez de
los cojones...

-Al grano, Eñe –volvió a cortar un
Florencio acelerado.
-¿Cuánto te estoy pagando?
-Sabes que trescientos...
-¿Tanto...?
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Foto: jose rasero
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