…y justo al lado del número catorce de Arbolí, la Taberna La Sorpresa.
Ese nuevo detalle hizo sonreír a Florencio que, comprobando que sólo eran las siete y cinco, decidió templar los nervios y reflexionar en el interior de aquel lugar.
¿Quién era?.
La otra noche –¡se le hacían siglos de aquello, y aún no habían pasado veinticuatro horas!- la chica se marchó ante la presencia de Lucía, huyendo como un perrillo asustado, cuando justo antes le había propuesto entre grandes sonrisas ir a su casa.
No podía creerlo. Allí estaba, junto a su casa.
Lo sencillo que habría sido todo, se dijo.
En cambio, su vida se había convertido en una estúpida locura en forma de laberinto ebrio, cuando -pensó, observando cómo el hombre cano de las dioptrías servía un oloroso a un anciano parroquiano- con su flamante trabajo las cosas deberían haber ido a mejor: habría llamado a su familia y sería una persona feliz, y apaciguada.
Y placentero, se dijo, volviendo de pronto al recuerdo de la nocturna propuesta de Alicia, pues no dejaba de ser una chica atractiva.
Una chica de la que, por otra parte, sabía poca cosa. Que le gustaba cómo hacía sonar la travesera. Que siempre pasaba a verlo en su esquina de San Francisco. Que había estado en Oviedo de vacaciones. Que conocía a Lucía. Que no podían verse la una a la otra. Que algún oscuro miedo le hacía huir de Lucía.
Lucía. Lucía. Lucía.
Y que, era evidente, la casi desconocida chica que no dejaba de ser atractiva insistía en sus intenciones.
Foto: jose rasero
.