miércoles, 5 de junio de 2013

'Ernesto quiere llamarse Bram...'


El  improvisado combo musical había concluido un primer pase repleto de distorsiones,   pinceladas de blues, baladas clásicas y pop cañero,  y  sus cuatro miembros se desparramaban ahora entre un público entregado y cómplice. El barman atendía sonriente y saludaba a todos en nombre de la paz mundial.
Sala malecum, malecum sala.
Aquella noche a la guitarra de la banda  había  tocado un músico callejero al que todos conocían como Gipsy,   un catalán agitanado de cuarenta tacos que llevaba cosa de dos semanas en la ciudad. Gypsy, nada más terminar la actuación,   se pegó directamente como una lapa   a  Ernesto, un      cincuentón delgado de cara afilada,  amante de  la música, del jazz, de los instrumentos de viento, a quien  conoció  hacía un par de noches, en aquel mismo lugar.  Durante aquella  primera velada,  en cierto momento de la conversación, este le contó con emoción y detalle que  vivía en un  ático y que, dentro, tenía una verdadera joya.
-Casi duermo con él… -había bromeado.
Se trataba de un saxo soprano de plata, ya de por sí de gran valor.  Pero  lo que hacía del instrumento algo  realmente  único y convertía su valor en  inestimable era su impresionante biografía. Tendría cerca de cincuenta años, o más,  durante los que  había pasado, entre otras  -y había documentos que lo demostraban-, por las manos de Pedro Iturralde o Jorge Pardo.

El rostro de Gipsy, moreno y asombrado, quiso saber más sobre aquella alhaja.



-Mira, hoy por hoy, aparte de los músicos... que los hay a patadas, pero esos no cuentan… porque son unos muertos de hambre… bueno, tú me entiendes... o mejorando lo presente... yo qué sé...  pues hay coleccionistas que pagarían una burrada por él… hasta cinco mil euros, loco…
Estas   palabras las había pronunciado  Ernesto  hacía dos noches, y ahora él y Gipsy se hallaban de nuevo  frente a frente  en uno de los  veladores de mármol con pies de hierro que se esparcían a lo largo del local.   Gipsy -que  lo había invitado  a venir  al primer pase-   se esforzaba   en retenerlo  fuese como fuese    a  su  lado. No podía permitir por nada del mundo que Ernesto regresara, todavía,  a su ático.
-Vamos, hombre, si es temprano,  las doce y diez, tío, quédate... al menos hasta que empecemos el segundo pase… Otra copa, va...
Y la verdad, Ernesto se dejaba convencer sin dificultad  alguna, más bien encantado, a base de combinados de ron. Bajo un sombrero trilby de cuero negro y con su cuarto combinado por delante, como aparecido mágicamente sobre la mesa, Ernesto  hablaba  a Gipsy con voz de estropajo:
-Echo en falta el humo…
-¿Qué humo?
-Pues el humo, el humo…  los cigarros, los  puros, los porros, la gente fumando…
-¿Y eso?
-El jazz hay que escucharlo con humo… con mucho humo…  poca luz… ruido de vasos… gente tosiendo… yo qué sé… todo en blanco y negro, loco…
-Nosotros no hacemos jazz… y además… yo prefiero tocar con el aire bien limpio… o al aire libre…
-¡Bah! –exclamó Ernesto golpeando con fuerza el mármol  con un puño. 

2 comentarios:

Esperanza dijo...

Tras un revisionado de las entradas anteriores, creo que ya estoy al día con esta historia y oficialmente enganchada...

Jose Rasero dijo...

Gracias Esperanza. Aunque he de decirte que iré publicando un poco 'a mi bola'. Estoy con una novela y publico aquí partes o capítulos pero no necesariamente en orden ni con una periodicidad marcada. Leer por aquí lo que escribo me ayuda a reflexionar, ver errores, o atisbar caminos por donde tirar... Un saludo!