jueves, 22 de diciembre de 2016

(v)


Cae
por el abismo
de la ranura
de la calle acotada
desde mi mano torpe
hacia lo desconocido.

He perdido un euro.

jueves, 15 de diciembre de 2016

lunes, 5 de diciembre de 2016

(u)


Iba o venía
reflexioné entre las flores
bajo la lluvia
nada respondió
a mis requerimientos
necesarios, supuse.
La realidad se impuso
canalla.
La puerta estaba abierta.



sábado, 26 de noviembre de 2016

(t)

La única evidencia
es que huyen los pájaros
imagino
que las postales se pierden
que la ciudad no sabe empaparse
que no sé nada
que el ascensor no funciona
porque no hay ascensor
y resulta descabellado
decir proteico
o llámame
y subir las escaleras
con evidencias que apenas saben volar.



domingo, 23 de octubre de 2016

'Quien pierde paga', de Stephen King

Os dejo el enlace (abajo) a mi primera reseña para SomNegra. Me estreno con un tal King, Stephen, y la segunda entrega de su trilogía noir...



La reseña, en SomNegra


martes, 4 de octubre de 2016

SomNegra: Reseña de 'Áticos y viento'


                                                   Foto: Begoña Barbero


Germán González reseña 'Aticos y viento' en SomNegra

miércoles, 28 de septiembre de 2016

viernes, 22 de julio de 2016

'Play, please'


Lo ideal sería explicárselo a ustedes con claridad. Para que después no haya malos entendidos, ni vueltas, ni giros, ni tuercas. Pero es difícil, y yo no lo hago muy bien, no sé. En todo caso, les cuento. 



Continuar en CaoCultura










Ilustración: Sara Gabandé

viernes, 1 de julio de 2016

Charo Barrios escribe sobre 'Áticos y viento'


Charo Barrios, gastrónoma, escritora, cocinera, diplomada en ciencias empresariales,  ha disfrutado con la lectura de 'Áticos y viento'. Y nos lo cuenta en su blog (en marcha desde hace nueve años y toda una referencia en el mundo de la gastronomía) Come en casa
  


















lunes, 13 de junio de 2016

(s)


Lo malo de pensarte
feliz
cual 
(maldito)  colibrí
es 
(que) al instante

cuatro o cinco
ayudantes 
(de campo)
te atrapan

y sin tiempo para la duda 
o el (sosegado) estudio
te pegan una cura.

De espanto.



















lunes, 6 de junio de 2016

B.B.


El espejo, descascarillado en las esquinas y atravesado por hendiduras como riachuelos de un mapa, devuelve a Benito Bram una imagen turbia y algo cubista de sí mismo. El detective, recién levantado, también turbio, recompone su figura frente a la luna de cristal y comprueba en su reloj de pulsera que son las doce pasadas. Desliza con parsimonia su mirada por las desangeladas paredes del dormitorio. De su amada colección solo el corno inglés y la tuba resisten colgados junto al espejo de cuerpo entero que rescató anoche de las calles. Son meses ya deshaciéndose de sus instrumentos de viento para hacer frente al alquiler del ático. Un goteo inexorable de pérdidas.
–Bah.

La marcha de Carlota también. Hace apenas dos semanas. Cruza la salita escoltado por una robustecida sensación de derrota. En la cocina, mientras la víbora repta a su cuello y gira concéntrica a su alrededor, pone al fuego una cafetera italiana. Las dentelladas secas van al corazón. Hace sonar Baubles, Bangles and Beads y la voz de Sarah Vaughan le acompaña, junto al cigarrillo que enciende, en la evocación de la noche anterior, que no se diferencia en lo básico de otras tantas noches, a excepción del espejo liberado. Vaciar combinados de ron por esas barras de dios y darle a la húmeda con unos y con otros. Sí que hay un recuerdo que resulta ser más que eso. Una evidencia. Y está sobre la mesilla de la sala. Una tarjetita blanca de presentación.
Se sirve un café solo al tiempo que se va conformando silenciosa y cotidiana su íntima batalla, su guerra interior. Su conflicto. Esta mañana, como otras tantas, la culpa va mudando en una inquietud confusa, con la que se apresta a encarar el nuevo día. Se sienta en el sofá. Mira al suelo de losas desiguales. Da un sorbo de la taza. Se cuelga de las vigas, de la cadencia. Suena la trompeta de Tony Fruscella.  I’ll be seing you. Examina el cartoncito blanco. Xavier Bloc. Periodista.  Dibuja un gesto de disgusto en su rostro y se dispone a rasgar en pedacitos la maldita tarjeta cuando advierte por detrás algo anotado a bolígrafo. De su propio puño y letra. Lee. Dinero. Dos y media en La Marina. La palabra dinero está subrayada. Por él mismo. 

La lluvia cae sobre la estructura del pequeño ático. Como avisando.

lunes, 30 de mayo de 2016

'Malas artes', de Juan José Sánchez Sandoval




















“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, nos avisaba Baltasar Gracián. “Y aun lo malo, si poco, no tan malo”, añadía, no sin cierta retranca. Malas artes (Q–book. 2016), de Juan José Sánchez Sandoval, es, no lo duden, dos veces bueno, y no solo por lo fugaz. 

Reseña / entrevista en Entretanto


martes, 17 de mayo de 2016

'Abdoulaye' (3)


Amada y la Bahía a sus pies que envuelve en zapatillas rosas. La mar sumida en una bruma gris y callada. Avanza Amada por el puente atirantado, descomunal y nuevo. A su medida. Recostada en la parte trasera del autobús interurbano. Los jeans rasgados. El mundo por montera. Amada valiente. Amada inconsciente. Amada joven de 19. Amada bebe los vientos. Amada y los tornillos. Se mira y se admira en el espejito de mano. El lápiz es de labios. La camiseta a rayas. Amada y las peras y el olmo.


Amada y su papá. Papá Bardavío, don Ramón. De allá viene. Del Puerto. Del reino de la infancia y de las arboledas perdidas. De las últimas voces. Sí. Los desaires. Los estrépitos. Don Ramón lo ha aclarado. Si te vas, adiós a la plata. Hola a las armas, ha dicho Amada. La simbología del portazo. Estudiante de hispánicas de día, Amada, donante de clases de español a inmigrantes de tarde, visitante de pubs, gatuperios y discotecas de noche. El olmo y la sámara. Los Nanai son minoría en la China. Amada y sus cosas. Avanza y aflora al barrio, nada descomunal, sí nuevo. Pronto comenzará la Facultad. Amada y el futuro. Amada y sus pies. Amada y los vientos. Desciende del vehículo. Chaqueta de encaje al brazo. Ha quedado para ver un piso con dos compañeras. En esa cafetería. A la una. Faltan cinco minutos. Amada canturrea. La vida es eterna. Amada y los codos. Amada y el habla.  Amada estudia y lee y navega y ve televisión. Es joven y se  camela. Amada sopesa en la balanza los pros y los contras. ¿De qué? Amada y el sexo a borbotones. Eso es. Y el money. Y los botarates. Y ese tal Abdoulaye. Amada y las chispas. Amada y los dedos. Amada y las llagas. Pues de qué va a ser. Del barrio. Del apartamento.


miércoles, 11 de mayo de 2016

'Abdoulaye' (2)


La avenida de adoquines da al océano y bordea el casco antiguo de la ciudad por el flanco oeste. El lienzo de la muralla se encuentra protegido por bloques de hormigón contra los que se estrellan las olas y los temporales atlánticos. Si alguien salta el pequeño muro y se aventura en tal paraje conocerá que los cubos de cemento sirven de albañal, que florece la inmundicia entre sus recovecos y que están poblados por colonias de huraños mininos. Resulta pues un hábitat infeccioso en el que impera lo insalubre. Y el mal olor.
Y ahí está Abdoulaye.



Acaba de saltar ese muro y se oculta como puede en un hueco que se abre entre los bloques. Está lloviendo. Y hace miedo.

Han pasado unos quince minutos desde el instante en que la detonación del disparo del policía bravucón se confundió con una imprevista tromba de agua que convirtió la plaza de las Flores en un infierno húmedo y salvaje. Sabe Abdou que vio a Rachid abatido en el suelo. Que vio sangre junto a él. Sabe que tropezó con un policía y que se sintió inundado por recuerdos de los que no desea cuando me pidieron papeles y me preguntaron el nombre de mi padre y el nombre de mi madre y el nombre mío y ellos me llevaron al calabozo para que duerma y yo perdí mis fuerzas y mis sentimientos. Sabe que un movimiento reflejo guio sus puños hacia aquel rostro de poder y abusos. Poco más sabe ni quiere. El pánico le hizo atravesar como una exhalación los puestos del mercado de abastos y alcanzar el local de las Valkirias. Sabía que a esas horas estaría cerrado. Como también sabía que no tenía otro sitio al que acudir. Miró a su alrededor. Se vio perdido y empapado en la calle Abreu. Había olvidado, además, su manta. Con todo lo que significa y conlleva. Y el temor creció y lo indujo a traspasar límites y aventurarse en un terreno poco conocido para él. Tirarse por los bloques es una expresión muy de Cádiz a la que Abdoulaye, oculto, mojado, una mirada salvaje y felina escrutándolo desde un cercano cubo de cemento, no termina de pillarle el sentido.

Ahora espera la llamada de Amada.

miércoles, 27 de abril de 2016

'Abdoulaye'


  

ABDOULAYE no quiere pensar más de la cuenta. Esparcida sobre una manta en la calle se encuentra su existencia actual. Su ocupación. Su vida desde hace casi dos años. Ni en el pasado ni en el futuro. Solo en este presente falsificado con el que ganarse unos euros. Bolsos, perfumes, camisetas, abanicos, cds. Lo que el cliente demande. Abdoulaye es de Senegal, ha cumplido los veinte y acaba de encender un cigarrillo rubio que apenas sabe fumar. Desde su esquina junto al escaparate de cuchillos y navajas contempla con sus grandes ojos negros el reguero de humanidad transitar por la calle Compañía, un revoltijo de vitalidad nativa y curiosidad foránea que va y viene sin fin, tal como su mirada.



Hace un día extraño en Cádiz. La ciudad de la luz se halla vencida por una niebla compacta y húmeda. Una mañana triste. Atlántica. Lo mismo llueve, se dice Abdoulaye, mientras vende con su sonrisa africana un tarrito de perfume falso, bonito y barato a una señora que lo mira bien y quizás sea germana o danesa. Diez euros. Un dinero que no sacará en limpio el senegalés ni el más boyante de los días.
El reloj de Correos preside una plaza de las Flores en la que el aroma a café y churros va dejando paso casi imperceptiblemente, entre el bullicio que recorre incansable las terrazas y los puestos de flores, al de las frituras de pescado, las tapas variadas, las cervezas, los vinos.
El reloj marca la una en punto en el corazón de la ciudad.                                                            
Abdoulaye sí que desea pensar en Amada, claro. Amada es parte de su presente. Quizá la única partícula vital en verdad alejada de simulaciones y copias. Ella se alborota luminosa y juguetona con sus labios gruesos y su nariz achatada. Con su cara de niño. Le da clases de español. Le dice que tiene facciones de dibujos animados. Desde hace unos días palpa con asombro su piel negra. Con sus manos suaves y blancas. Duerme, duerme, negrito.  
En ella piensa mientras observa desde su estratégico rincón el trajín cotidiano de Compañía y Flores y de pronto escucha con extrañeza unas voces, unos golpes, unos gritos que despedazan la agitación uniforme y rutinaria de la Plaza y ve con desconcierto unas sillas y unas mesas volar y caer con gran alboroto en la esquina de la calle Columela y contempla con alarma a un grupo de manteros salir en tropel y huir como del diablo con los fardos a cuesta en dirección a su esquina.
Se detienen junto a Abdoulaye y a los demás, quienes ya han recogido las mantas con su botín, con su maná diario, en vertiginoso efecto dominó. Hablan entre ellos. Lo hacen a voces y gesticulando. ¿Qué ha pasado? ¿Qué es todo esto? La niebla se alza como telón. A través del gentío de curiosos que se ha ido concentrando se puede ver cómo dos policías nacionales mantienen inmovilizado en el suelo junto a las sillas y las mesas caídas a un subsahariano. Le han incautado su mercancía. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? La policía nos deja tranquilos, ¿no? El compañero de manta del apresado, un ghanés bajito y delgado, Rachid, es quien más grita y gesticula. Tras discutir y enfrentarse a los demás inicia lo que asemeja una danza o ritual de la ansiedad –saltos y giros alrededor de sí mismo– tras la que súbitamente se pierde en la tienda de los cuchillos y sale de esta con una navaja empuñada y la mirada perdida y se dirige, entre las quejas y reproches de todos, hacia la esquina donde permanece atrapado su compañero. Y se abre paso entre los curiosos blandiendo la navaja e increpa a los policías en un inglés espumoso e irritado. La confusión y el pasmo se adueñan de las entrañas de la ciudad y los vecinos se asoman a las ventanas sobresaltados por lo insólito del suceso. Y preguntan qué ocurre. Y sacan fotos. Y graban vídeos. Y los inmigrantes se acercan a ese rincón del que los mirones, atemorizados ante la presencia perturbadora de Rachid, se han alejado al galope. Y una barrera de policías les hace frente y el más bravucón se adelanta y alza su porra. Esto enfurece al más pintado. Hay más gritos. Rachid enarbola su navaja. Los africanos comienzan a lanzarles, a falta de otra cosa, sus propias falsificaciones. Es indignación. Es desesperación. Y la algarada crece como la mala hierba y la policía se apresta a iniciar una carga algo improvisada.
Entonces, algunos pueden verlo, el policía bravucón saca su pistola reglamentaria, apunta al negro Rachid y le descerraja un balazo en plena frente.

  

sábado, 19 de marzo de 2016

(r)


A veces
me hallo a esto
de dar
con la clave
de la vida.
Mas 
es
un clavo
.




viernes, 5 de febrero de 2016

"Un ciego con una pistola", de Chester Himes. Tres veces negra


"Si parpadeas una vez, te asaltan – advirtió Coffin Ed al hombre blanco que rondaba de visita por Harlem. 
Si parpadeas dos veces, te matan – añadió Grave Digger, con sequedad".



Negra (hard boiled) por aquello del género (literario).
Negra por sus protagonistas, Ataúd Ed Johnson y Sepulturero  Jones, policías y negros, que sirven al autor para hilar los sucesos que se van desparramando a lo largo de la novela. Ataúd y Sepulturero interrogan, detienen, reparten hostias, coaccionan. Pero su cometido policial parece ser irrelevante. Porque no hay solución a la vista.
Frente al método policial, y al Sistema, Johnson y Jones son la experiencia y la práctica. Ponen en duda las órdenes que reciben y los acontecimientos avalan su actitud. Teoría y realidad. Manual y práctica. Despacho y calle.
Ataúd y Sepulturero han de enfrentarse también a los miembros de su propia raza, para quienes los dos detectives no son sino negros vendidos al poder blanco.
Y Negra como Harlem.
El verdadero protagonista. Retratado con crudeza, a través de sus habitantes, en plenas revueltas de los años 60. El racismo, la desigualdad, el crimen, la injusticia. La novela no te da un respiro. Tal como un ciego disparando con una pistola en el interior de un metro.  Diálogos afilados, ironía, humor (negro). Tremebunda. Fantástica y caótica. Hermosa. 

sábado, 30 de enero de 2016

(p)


Me asomo, y el mundo anda igual. Soleado, veo. Por qué será que yo me siento mentiritrizas. Y me duele una ceja. Y me llama el alma. 
-Calma, cabalier.

Lo ha dicho el cartero.


jueves, 28 de enero de 2016

(o)


“No soy un pez. Pero sé que el mundo es un continuo carrusel de anzuelos”, no llegué a decir.
–El pescado es un manjar exquisito, señor. Rico en proteínas, minerales y etcéteras. Lo del anisakis nos obliga a estar muy pendientes de su frescura. Por eso lo observo tanto. A usted. Lo veo en baja forma… Esta bella merluza le vendrá muy bien. Mire. La piel del pescado fresco ha de brillar, ¿sabe?, tornasolar y tener un aspecto sutilmente húmedo. Un mal síntoma es que se desprenda con facilidad de la carne. La piel, digo. Los ojos se salen, esas pupilas negras y casi lúcidas. Si tienen como una confusión en la córnea serán poetas, no nos interesan. ¿No será usted un poeta, verdad? –me sonrió con brillantez– Las agallas, rosas o rojas, según la especie, obedientes y resbaladizas. La carne, firme y elástica, transparente y sin dobleces. En caso contrario, no será un pescado fresco. Ha de oler a mar y algas, o a ríos. Los expositores inclinados, recubiertos de hielo, como este, son ideales. Una vez comprado, respete la cadena de frío, señor. Y mejórese.
Ya sin tener tan claro lo de ser o no un pez pero sí aquello de los anzuelos, con mi bolsita y la flamante merluza dentro, regresé a casa.




domingo, 24 de enero de 2016

(ñ)


Qué desencadenó
aquello.
Un cerrar de faldas
ese contemplarme
derramado
como  arista
el tajo definitivo
de las piernas.
No.
La caída de ojos
quizás,  eso sí
me hizo saber menos
de la cuenta.
Yo no lo dije.
Dijimos.




jueves, 7 de enero de 2016

(n)

Después de todo
nunca habla verdades.
Se enrevesa, sí,
a la hora de dar un golpe
sobre la i.
Le cuesta definir
qué le pasa
qué celebra
qué hora es 
o vaya usted
a saber.
Es persona de letras,
dicen, 
pero él quiere ir a salto
de mata,
soluciona laberintos
y se pierde en crucigramas.
Será 
que en sus noches de
nubes despejadas
dibuja trazos
de sexo,
o habla metáforas,
o se cita,
sí,
con mucho pedigrí.


martes, 5 de enero de 2016

(m)


Y
ha venido
a enfrentarse
a mí.
Volátil, superfrágili,
tonto del haba,
tío de tener sobrinos. Hombre
por tener a esa mujer.
Gamberro
de serlo.
Cuánto
va
a
durar, preguntó
el más inesperado.