miércoles 11 de noviembre de 2009

Cosas de aquí



Foto: jose rasero

lunes 9 de noviembre de 2009

3 - Madame Clora



El silencio impregnó la estancia desde el momento mismo de la aparición de la enfermera-jefe, las palmas huyeron tras los sillones y el televisor fue apagado con insólita celeridad.
Madame Clora, que así se la conocía, era una mujer corpulenta, oscura en sus pensamientos y soberbia en el carácter. De rostro abotargado y altivo empujaba ahora con aire desdeñoso un carrito con botellitas de zumo y unos vasos de plástico con pastillas de diferentes colores en su interior.
Llamando por su nombre a cada uno de los enfermos les fue dispensando su medicación. Uno tras otro recibían y tomaban sus respectivas píldoras, tras lo cual se dirigían en callada procesión a sus habitaciones. Badián fue el último.
Asombrado ante el efecto devastador de aquella presencia en los hasta hacía un soplo felices alborotadores y viendo el porte de la misma prefirió postergar sus preguntas para un momento más propicio.
Madame Clora le puso en la mano un comprimido de color rojo, que él tomó sin rechistar ayudado por un trago de zumo de naranja, mientras la enorme mujer clavaba sus envanecidos ojos en él. La expresión de la enfermera jefe parecía traslucir un interés obsceno que el joven decidió pasar por alto. Como si nada dijo adiós y dirigió sus pasos hacia su habitación. Durante todo el trayecto a lo largo del mortecino corredor sintió aquellos ojos de baba recorrer en deseo su cuerpo, pues, aunque Badián era de rostro escandaloso en su fealdad, como se verá en adelante, lucía en cambio una figura acostumbrada a provocar turbadoras atracciones a su alrededor. Por fin dobló a la derecha y se introdujo en la habitación número 10, recordando entonces que no compartía ésta con nadie. Maldijo tal circunstancia. Con las alarmas encendidas se desnudó e introdujo en la cama, temeroso ante la posible aparición de la sanitaria. Por suerte, no sucedió nada y se durmió al instante.
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Nota del autor: las próximas entregas aparecerán los martes de cada semana.
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Foto: jose rasero

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2 - Rubí

Hallándose inmerso Badián en esta silenciosa estupefacción hizo su entrada en la sala -llegando desde un balcón que hasta entonces le había pasado desapercibido- una jovenzuela hermosa que pobló de risas, piropos y complacencia venérea a todos los presentes, haciéndoles olvidar por completo los puntuales pormenores del deporte rey.
La joven se llamaba Rubí, lucía unas faldas cortísimas, y reía y cantaba todo el tiempo, como comprobaría más adelante Badián, rumbitas y flamenco la mayor de las veces. Animada por la entregada concurrencia se arrancó por unas bulerías de Camarón. Tirititando de frío bailaban cuatro gitanas por la orillita de un río, cantaba, y los demás la palmeaban y jaleaban con arrebato desmedido. Nada importaba que su afinación fuese decididamente defectuosa. Era, salvo las enfermeras, la única presencia femenina en aquel lugar. Al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, y acompañaba el cante de un baile particular, repleto de giros sobre sí misma en los que mostraba generosamente parte de sus encantos, velados en una diminuta prenda interior, y sugerentes movimientos de caderas de alto calibre sexual. Todo ello lo remataba al final clavando una rodilla en tierra y abriendo los brazos de par en par, la vida, la vida, la vida es… es un contratiempo… los senos a punto de la explosión y la larga y negra cabellera cayendo sobre sus hombros desnudos.
Entonces el respetable aplaudía y echaba humo por todos los poros, los rostros encendidos en brasas de lujuria.
Badián, olvidando la revista sobre la mesa, había asistido al inicio del espectáculo entre sorprendido e incrédulo, pero pronto se dejó llevar por la exaltada belleza de la joven.
Ella se levantó bellísima, feliz en ser el centro de todas las babeantes miradas, y repartió besos y guiños saltarines a la tropa. Cuando se percató de la presencia de Badián su rostro expresó cierto desagrado por un instante. Forzando su habitual sonrisa se acercó hacia él y le ofreció un educado hola, ¿cómo te llamas?
-Badián.
-¡Qué nombre más raro! -rió nerviosamente Rubí- Pues bueno, ya nos vemos –zanjó sin más, y regresó hacia los demás sin otorgarle beso ni guiño alguno.
A Badián le pareció bien esta indiferencia, pues lo último que deseaba era convertirse en el centro de atención de aquel grupo y someterse con toda seguridad a dios sabía qué retahíla de curiosidades.
Y el grupo continuaba festejando con lisonjas y arrumacos varios a la muchacha cuando apareció por la puerta como una hecatombe en sordina la enfermera-jefe.
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Foto: jose rasero

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miércoles 4 de noviembre de 2009

I - En la sala


La sala era amplia, funcional, de paredes blancas y cuadros anodinos. Badián Parra permanecía silencioso y prudente en un rincón, a la espera de que algún doctor o similar le aclarase qué hacía allí.
Sentado junto a unos anaqueles repletos de revistas del corazón, juegos de mesa y unos pocos libros en desuso, alcanzó una de aquéllas y simuló leerla. Al otro lado, arrellanados sobre un sofá y cuatro sillones de un escay rajado, los demás ocupantes de la sala, todos hombres, gritaban y hacían aspavientos frente a un televisor. Retransmitían un partido de fútbol de enorme trascendencia, o al menos eso creyó Badián observando mudo desde su revista a los que habrían de ser sus compañeros de internamiento. Finalmente sabría por uno de ellos que se trataba de un amistoso sin mayor importancia. Aquí todo se magnifica, le diría el que llamaban Tasca.
Badián permanecía paciente en su rincón mientras en su mente una laguna enfangada de imágenes sin sentido le impedía recordar lo sucedido los dos últimos días de sus dieciocho años de existencia. Se recordaba, eso sí, saliendo de Barcelona con infinita alegría en el auto de unos amigos que se dirigían a Madrid. Tras pasar noche en la capital se veía despidiéndose de aquellos y embarcando en el AVE hacia Sevilla, ya en solitario. Una vez en la estación de Santa Justa -ahora se preguntaba a cuenta de qué- podía contemplarse conversando con un grupo de rumanos alrededor de unos litros de cerveza.
Y era ahí donde se iniciaba el nebuloso vacío.
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Foto: jose rasero
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martes 3 de noviembre de 2009


"Debemos el progreso a los insatisfechos"
Aldous Huxley

Foto: jose rasero

Escala


Ves
que no tiene sentido
nada. Y las mariposas
habitan donde antes las cucarachas.
Lo ves desde las dos perspectivas en que puedes
verlo. Y no ves más que lo que no puedes ver.

Después,
has de subir,
o bajar.

Foto: jose rasero

jueves 29 de octubre de 2009

Todo pasa...





Fotos: jose rasero

lunes 26 de octubre de 2009

La ciudad

-¡Maldita sea! -exclamó don Jenaro, el alcalde, dejando caer el teléfono móvil sobre la mesa- Acaban de comunicarme que según la Conferencia Europea de Estadística de Praga, ¡todavía no somos una ciudad!
Los gestos y voces de desaprobación se sucedieron en la sala de reuniones del Ayuntamiento de Aceituno, ocupada para la ocasión por las fuerzas vivas del lugar y una representación de vecinos. El capitán de la Guardia Civil levantó sus casi noventa kilos y preguntó a voz en grito que cuál era la causa de aquel atropello.
-¡Señores! -clamó el alcalde- Según el último censo, que yo mismo di por terminado ayer, somos cuatro mil novecientos noventa y cinco aceitunos. ¡Y no nos considerarán ciudad hasta llegar a la aglomeración humana de cinco mil habitantes!
El alboroto y los silbidos de reprobación subieron de tono por toda la sala. Fue entonces cuando el cura, don Remigio, se incorporó de su asiento, calmó a la concurrencia con sus manos extendidas, y con voz sacerdotal dijo:
-Hermanos, calmaos y escuchad. Hemos de acercar cinco almas benditas a nuestro pueblo, esto es… quiero decir, a nuestra futura ciudad. Les mostraremos las bellezas de Aceituno y les invitaremos a quedarse a vivir entre nosotros.
Tras estas palabras de don Remigio los gestos adustos se convirtieron en sonrisas y los abucheos en una gran ovación.
-¡Yo tengo esas cinco almas! – vociferó un hombre entre los aplausos desde el fondo de la sala.
El silencio se hizo de nuevo y todos se volvieron hacia la puerta de entrada, donde vieron a Tomás, el pocero.
-Son cinco gitanos. Andan rondando por el pozo hace días.
Sin más, y presos de la repentina euforia, todos marcharon en pintoresca procesión hacia el pozo de Tomás, que justo se hallaba a la entrada de Aceituno. Al llegar vieron, efectivamente, a cinco hombres con piel de aceituna sentados bajo un castaño, fumando despreocupadamente.
Fue el alcalde quien se dirigió a ellos soltándoles un improvisado discurso sobre el carácter siempre acogedor de los vecinos de Aceituno, sobre la belleza singular de sus calles y monumentos, de su privilegiado enclave en plena comarca del Olivo, de la vida sosegada de sus habitantes. Les subrayó lo peculiar de la estructura lineal de sus calzadas y paseos, de la forma en U de su plaza Mayor, única en todo el país, de la Casa Consistorial y sus columnas salomónicas, de la Iglesia Parroquial, con su ábside semicilíndrico de sillería, de la Ermita de Cristo, del siglo XVI, y, finalmente, de la famosa estatua dedicada a la aceituna y, por extensión, a todo el país, tal como reza en la placa situada en su base.
-…que ustedes mismos pueden ver, pues la tienen ahí, a diez metros –concluyó don Jenaro.
El grupo de hombres aceitunados había permanecido silencioso durante el relato del alcalde, y ahora hablaban entre ellos en lengua caló, como preguntándose qué era todo aquello.
-¿Pero, qué queréis ustedes? Nosotros no habemos hecho na malo.
Ahora fue don Remigio quien se acercó fraternalmente a ellos y les explicó -cerrándoles un ojo a modo de guiño- las verdaderas ventajas de lo que habían venido a proponerles. Cuando hubo acabado los bendijo a los cinco y se dirigió al alcalde.
-Los papeles -dijo.

Y así, Aceituno se convertiría en muy noble ciudad tras una espera de siglos, y con el tiempo y el paso de los años, en la mayor urbe mundial con población mayoritariamente mestiza y bilingüe de payos y gitanos.

Foto: jose rasero

domingo 25 de octubre de 2009

Cajita sorpresa


Foto: jose rasero