viernes, 17 de mayo de 2013

"El inicio del mundo", de Manuel J. Ruiz Torres



Desde los alambiques de la ciencia el poeta algecireño indaga en los enigmas y entresijos del amor...

miércoles, 8 de mayo de 2013

'La Atlántida', según José Alberto López























Fotografías: jose rasero

 'La Atlántida'. José Alberto Pérez 

Castillo de Santa Catalina. Cádiz

Más  AQUÍ


lunes, 6 de mayo de 2013

Lorenzo, en arresto domiciliario



El parado de Cádiz que habló de espaldas al pleno, bajo arresto domiciliario por apoyar a la PAH...

Más información aquí

El vídeo es de GRABA TU PLENO CÁDIZ


jueves, 2 de mayo de 2013

Un hombretón en Bahía Blanca


Un grano en un granero, una isla en el océano, la gota en la charca, qué maravilla de charca,  cuidadín con las gomas, en la gota los tres pies del gato,  gominolas, una gata es una luna, una luna y  mediodía es una bobería,  dónde maúllan las gatas dónde,  las calesas son unas siesas, una aguja en un pajar, la excepción dentro de una regla,  las murallitas de Cai solo aquí las hay, lo primero es un abrigo,  San Servando y San Germán, después el amigo, en Roma  buscarás  lo que tienes en tu umbral, una mota de polvo en la casa, una casa me mata en el polvo, un polvo en mi casa, con la Bonet, o en la suya, qué dilemas,  una especie de zona residencial, una mujer de bandera, ondeando la bandera, cabalgando la mujer,  un área limitada para ricos,  qué rica que está la rica, exuberante, el lugar  donde puedes ir en Acacias a la ONCE  y almorzar  barato, o toparte  con un club juvenil del Opus Dei, una enorme mierda pinchá en un palo...


Cosas así danzaban veloces en la   motorizada  cabeza de Cecilio Gelasio al dirigirse  hacia  Bahía  Blanca, un  barrio por el  que  en todo caso -calculó bajo su casco negro tipo jet- hacía siglos que no asomaba.  Las imágenes  que le venían a la mente recordaban lejanos tiempos de  escarceos incipientes bajo las faldas de sus amigas,    sentados en los balconcillos del muro que da a la Bahía,   en los que lindan con una guardería ajardinada o directamente  perdidos y engolfados  entre los árboles y los matorrales de esta.  

La Haotian  negra dejó atrás la  Marina y  enfiló   la avenida de Bahía Blanca,   en realidad no más que una calle estrecha de una sola dirección con coches aparcados a ambos lados.  Uno de esos laterales  es un balcón amurallado sobre   la estación término de Cádiz.  Un  melancólico paisaje de grúas y grandes naves de  los Astilleros,  fragmentos  de  la Bahía y el océano mar a lo lejos,  es la postal que se divisa desde aquel mirador.  Al otro lado se levanta un conglomerado de chalets y casas de lujo o medio lujo.  Un  rincón urbano solitario,  recogido y huidizo, sin vida aparente,    con  algo  de fantasmal,   ante todo  de noche, cuando  no hay alma que respire por allí.

Cecilio,  con la motocicleta al ralentí,  iba avivando y almacenando los gratos recuerdos  de la infancia al tiempo  que  examinaba con detenimiento  la zona de las viviendas, en busca del número 12.
Dio con él.
Un chalet de dos pisos con   tejas árabes a dos aguas   cuya entrada era  un pequeño jardín con abundante y algo descuidada vegetación. Dos grandes árboles parecían envolver la villa y todo se hallaba rodeado por un muro de mampostería enredado en    hiedras y madreselvas. 
Una mansión hermosa y decadente.
La verja de acceso se hallaba a medio abrir y Cecilio, tras apoyar la moto sobre el muro,  la cruzó  sin más. La iluminación dejaba que desear  y avanzó  a tientas entre los ramales.  Al llegar junto a la fachada principal  una de las hojas de la puerta se abrió   de golpe y un tipo grandullón, sin mediar palabra, se plantó ante él y con un veloz movimiento de manos  le torció un brazo por la espalda y lo tumbó en el suelo boca abajo. Puso  una  bota militar sobre su cuello y lo fue cacheando  concienzudamente. En algunas zonas se esmeró más allá de lo estrictamente necesario.
-Ya puede pasar. Vaya hasta el fondo del pasillo –susurró con voz oronda el hombretón, desde una sonrisilla babosa  a la que Cecilio prefirió no  dar interpretación alguna.



Traspasó la puerta a regañadientes  y maldiciendo en voz baja  y avanzó  por un corredor cubierto por alfombras con dibujos orientales y cuadros de dudoso gusto a lo largo de las paredes. Al fondo había una puerta también de dos hojas que  comenzaron a desplegarse. Cecilio,  escarmentado,  se detuvo a una distancia prudencial y adoptó una posición de púgil en guardia. Al otro lado apareció una figura más estilizada que la anterior aunque con una prominente barriga como tarjeta de presentación.  Vestía   un pijama de seda azul marino,  sus ojos eran grandes y tristes, tenía poco cabello y lo llevaba descolocado, dijo llamarse Octavio Bonet y le ofreció  la mano derecha. Un frío apretón, mientras se escudriñaban el uno al otro,   bastó  como  saludo.
-Por favor,  pase…  señor Bram…  -habló  Octavio Bonet desde una voz suave, intermedia,  de las llamadas de barítono, algo que chocó a Cecilio, que recordaba el chirrido que  le habló por teléfono.
-Ah… sí… claro… -balbuceó Cecilio en su tono  cascado.
-…siéntese y póngase cómodo, ¿quiere algo?... 
Cecilio quiso  coñac. 
Se dejó caer en un elegante sillón rojo y se meneó con incomodidad pues su cuerpo quedaba como engullido por un diseño blando y de ergonomía ajena  Encendió un cigarrillo como pudo mientras esperaba y contemplaba.   Era una sala amplia, algo desangelada, con suelo de parqué, un gran ventanal  al fondo y un acuario de casi dos metros de largo en el que chapoteaban exóticos peces de colores.
Octavio Bonet llegó portando una taza de leche humeante que puso en una mesilla y el hombretón,  a su lado,  una copa de coñac  que  ofreció  a Cecilio, guiñándole un ojo.
 -Disculpe los modales de Uberto…  es algo brusco, pero necesario… ya sabe, la seguridad…
-No se preocupe,  ha sido muy cariñoso…
Observando Cecilio al señor Bonet allí de pie,    la tripa como metáfora absoluta,  comprendió que tenía ante sí a un hombre estropeado, envejecido. Tendría  unos cincuenta años, y aparentaba  diez más.  Las manos, tristes y patéticas, hundidas en su pijama azul. Resultaba increíble que aquel tipo fuera el mismo galán que había visto Cecilio en las revistas del corazón junto a su despampanante mujer. Los  Bonet de vacaciones en Miami. El señor Bonet  recibiendo el premio 'Solidarios  del año' en la gala anual de la Cruz Roja. La señora  Bonet tomando el sol junto a su piscina de Ibiza. Una pareja de ensueño. El matrimonio Bonet se deja ver en la Feria de Abril. Eva Bonet luciendo unas  piernas  interminables  en un sarao de Sotogrande. Octavio Bonet esquiando en Baqueira Beret.
Un hombre en la cúspide.
Ahora parecía un gusarapo  tocando fondo. O casi. 
Octavio Bonet se sentó en la esquina derecha del sofá,  aunque inclinado hacia adelante, hacia Cecilo, con la mesita de cristal entre ambos.
-Se preguntará usted  por  qué un hombre de mi posición solicita los servicios de un… con todos los respetos… de un detective de tercera… -comenzó tras dar un sorbo de su taza y volver a colocarla  sobre el cristal.
-Pues… sí, ahora que lo dice,  sí… -contestó Cecilio recordando el destartalado ático del tal Ernesto Bram y preguntándose al tiempo, impaciente, dónde  diablos estaría la señora Bonet.
-Mire, señor Bram... por desgracia... se han puesto muy de moda los detectives... demasiado, ya sabe... Hoy por hoy se les busca más a ellos que al contrario... El mundo al revés... Los de la prensa andan como lobos tras ellos... buscando carnaza... En cambio a usted... -dejó las palabras en el aire y, tras dar otro sorbo, fijó su triste mirada en los ojos de Cecilio.
-...a mí no me persiguen periodistas...

sábado, 27 de abril de 2013

La casa de los padres y un músico callejero



Cecilio Gelasio -la mochila al hombro,  la sudadera y los guantes dentro    la funda con el saxofón  colgando de una mano- atrancó la puerta del ático y  se dirigió   a la boca de las escaleras del edificio, que se hallaba  a oscuras y en silencio.  Sin encender  luz alguna fue bajando  los escalones con precaución,  procurando no hacer ruido. No se topó con nadie  y, ya fuera de la finca,    las calles se hallaban tan animadas  que le resultó sencillo pasar inadvertido, tal como si fuera invisible.

Cerca de allí, en la plaza de  La Candelaria, agarró su vieja Haotian negra de 50 centímetros cúbicos  y, acompañado por un impreciso batiburrillo de ideas e inquietudes,  puso rumbo a  casa.
A punto de cumplir la treintena  Cecilio  vivía en casa de sus padres,  una coqueta vivienda en propiedad en pleno barrio de La Viña.  Sus padres habían  sido  cosidos a navajazos  en una  reyerta que se desencadenó en la plazuela del Tío de la Tiza, hacía ya unos años, durante los carnavales. El suceso  conmocionó a la ciudad de Cádiz y a pesar del tiempo transcurrido  las  circunstancias aún  no habían sido satisfactoriamente aclaradas, al menos, no según   el parecer de algunos. Su hermano Onésimo, que se encontraba cerca de la plazuela, voló    hacia allá  como una bala envenenada y allí mismo le endosó una cuchillada mortal a quien él creyó verdugo de sus viejos, un inglés de pasado oscuro que llevaba tiempo malviviendo por las calles del barrio. Pero no había sido el inglés. Eso se supo más tarde. Eso y poco más. Nadie recordó cómo ni por qué se inició todo, nadie pudo asegurar   haber visto quién o quiénes navajearon a los Gelasio. Nadie se   acordaba de  nada. Ni siquiera Onésimo fue capaz de reconstruir mínimamente qué diablos  había sucedido, por qué se fue directo para el inglés o de dónde salió la perica asesina, la cual él siempre negó que fuera suya o que llevara encima pero que, en todo caso, resultó ser la misma que había acabado con la vida de sus padres. Onésimo Gelasio sería finalmente el único condenado por los tres asesinatos, a pesar de  las muchas dudas que no dejaron de revolotear  en la mente de todos.  Pero la memoria colectiva y las evocaciones individuales coincidieron todas en no ser más   que farragosos conglomerados sin sentido alguno repletos de  lagunas, disfraces sucios,   cuplés variados, lluvia pertinaz, charcos  y alcohol.   Cecilio  declaró encontrarse en San Juan de Dios a la hora de los hechos, disfrazado de pierrot, aunque nadie pudo corroborar tal cosa, si bien tampoco la policía consiguió  demostrar su presencia en La Viña ni una mínima relación con lo ocurrido. 
Tras aquello y el ingreso de su hermano en Puerto II él se instaló sin demora en la  desamparada casa y desde entonces mantenía en alquiler una habitación de la misma, y en ocasiones  incluso  negociaba el  sofá-cama que oportunamente  se agenció para ello,  a estudiantes, guiris o gente de la calle.  A veces  Cecilio Gelasio también se alquilaba a sí mismo. Su  aspecto   físico lo convertía en un bocado muy codiciado:   cuerpo  musculado, fibroso,  cabello  negro,  ensortijado y rebelde,     rostro   de facciones duras,   ojos sombríos y mirada profunda, como en meditación  continua.   En el trato   resultaba Cecilio una persona grata, accesible,  con sentido del humor, lengua  ágil y al tiempo ese halo  canalla y las dudas que sobre él pesaban   que  atraía aún más si cabe a  mujeres y   hombres. Y Cecilio Gelasio era un tipo de dejarse querer. Y comprar.

La casa estaba vacía cuando llegó, por lo que guardó el saxofón en su habitación y cerró con llave, como de costumbre. El  cuarto de alquiler lo   ocupaba  ahora un músico callejero que se hacía llamar Gipsy. Fue Gipsy  quien le encargó el asunto del saxofón. Algo tremendo, se admiraba aún Cecilio,  más sencillo  de lo que jamás hubiera imaginado y, además, por  trescientos pavos del ala que me ha  apalabrado   el   nota...  
Mientras se daba una ducha rápida masticó    el asunto en el que tras la llamada de Octavio Bonet  estaba a punto de embarcarse. No era  ninguna menudencia. No señor. Para empezar, era evidente, suplantación de identidad. La de ese tal Ernesto Bram. Y después... a saber cuántos delitos  más no  estaría  a punto de cometer.
-Es conmovedor... –masculló su voz cascada  bajo la lluvia doméstica- ...pero nada sé de leyes… 
Efectivamente Cecilio Gelasio no sabía nada de legislaciones,  de hecho,   ni siquiera recordaba con exactitud qué fue aquello que no llegó a terminar,  si la EGB o la ESO, o si acaso se fue él o lo echaron del colegio.   Pero su carácter  espabilado y observador hacía que aprendiese rápido, y pasaba por tener un conocimiento    de las cosas de la vida y del mundo  muy apañado, del  que no perdía ocasión de alardear.  
-El simple hecho de tener cerca  a la  Bonet,  de ir a verla,  ya merece la pena... es como si tuviera una cita con ella... -continuó  su voz cascada farfullando mientras se frotaba enérgicamente con una toalla- ...además de, claro está,  la pasta que hay en el  tema...  
Con la clara resolución  de comprobar primero in situ de qué iba en realidad todo aquello y solo entonces decidir qué hacer,  salió del baño,  se puso ropa limpia –unos vaqueros y una camisa planchada- y   alcanzó el papel con los datos de la Wikipedia junto a  aquel donde había apuntado la dirección de Octavio Bonet: Avenida de   Bahía Blanca, 12. 
Antes de salir  se hizo en la cocina con un trozo de sándwich envuelto en papel albal y en la salita tomó prestados una libreta de tapas negras y un bolígrafo que  vio sobre el sofá.
-...Alea jacta est...