lunes, 20 de mayo de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
"El inicio del mundo", de Manuel J. Ruiz Torres
Desde los alambiques de la ciencia el poeta algecireño indaga en los enigmas y entresijos del amor...
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Suite101
miércoles, 8 de mayo de 2013
'La Atlántida', según José Alberto López
Fotografías: jose rasero
'La Atlántida'. José Alberto Pérez
Castillo de Santa Catalina. Cádiz
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De Cadi Cadi...,
Fotografía,
Obras no propias.
martes, 7 de mayo de 2013
Lorenzo y la represión
lunes, 6 de mayo de 2013
Lorenzo, en arresto domiciliario
El parado de Cádiz que habló de espaldas al pleno, bajo arresto domiciliario por apoyar a la PAH...
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El vídeo es de GRABA TU PLENO CÁDIZ
jueves, 2 de mayo de 2013
Un hombretón en Bahía Blanca
Un grano en un granero, una isla en el océano, la gota en la charca, qué maravilla de charca, cuidadín con las gomas, en la gota los tres pies del gato, gominolas, una gata es una luna, una luna y mediodía es una bobería, dónde maúllan las gatas dónde, las calesas son unas siesas, una aguja en un pajar, la excepción dentro de una regla, las murallitas de Cai solo aquí las hay, lo primero es un abrigo, San Servando y San Germán, después el amigo, en Roma buscarás lo que tienes en tu umbral, una mota de polvo en la casa, una casa me mata en el polvo, un polvo en mi casa, con la Bonet, o en la suya, qué dilemas, una especie de zona residencial, una mujer de bandera, ondeando la bandera, cabalgando la mujer, un área limitada para ricos, qué rica que está la rica, exuberante, el lugar donde puedes ir en Acacias a la ONCE y almorzar barato, o toparte con un club juvenil del Opus Dei, una enorme mierda pinchá en un palo...
Cosas así danzaban veloces en la motorizada cabeza de Cecilio Gelasio al dirigirse hacia Bahía Blanca, un barrio por el que en todo caso -calculó bajo su casco negro tipo jet- hacía siglos que no asomaba. Las imágenes que le venían a la mente recordaban lejanos tiempos de escarceos incipientes bajo las faldas de sus amigas, sentados en los balconcillos del muro que da a la Bahía, en los que lindan con una guardería ajardinada o directamente perdidos y engolfados entre los árboles y los matorrales de esta.
La Haotian negra dejó atrás la Marina
y enfiló la avenida de Bahía
Blanca, en realidad no más que una calle estrecha de una sola
dirección con coches aparcados a ambos lados. Uno de esos
laterales es un balcón amurallado sobre la estación
término de Cádiz. Un melancólico paisaje de grúas y
grandes naves de los Astilleros, fragmentos de la
Bahía y el océano mar a lo lejos, es la postal que se divisa desde
aquel mirador. Al otro lado se levanta un conglomerado de chalets y
casas de lujo o medio lujo. Un rincón urbano solitario,
recogido y huidizo, sin vida
aparente, con algo de fantasmal, ante
todo de noche, cuando no hay alma que respire por allí.
Cecilio, con la motocicleta al ralentí, iba avivando
y almacenando los gratos recuerdos de la infancia al
tiempo que examinaba con detenimiento la zona
de las viviendas, en busca del número 12.
Dio con él.
Un chalet de dos pisos con tejas árabes a dos aguas
cuya entrada era un pequeño jardín con abundante y algo descuidada
vegetación. Dos grandes árboles parecían envolver la villa y todo se hallaba
rodeado por un muro de mampostería enredado en hiedras y
madreselvas.
Una mansión hermosa y decadente.
La verja de acceso se hallaba a medio abrir y Cecilio, tras apoyar la moto
sobre el muro, la cruzó sin más. La iluminación dejaba que
desear y avanzó a tientas entre los ramales. Al llegar
junto a la fachada principal una de las hojas de la puerta se
abrió de golpe y un tipo grandullón, sin mediar palabra, se
plantó ante él y con un veloz movimiento de manos le torció un brazo
por la espalda y lo tumbó en el suelo boca abajo.
Puso una bota militar sobre su cuello y lo fue
cacheando concienzudamente. En algunas zonas se esmeró más allá de
lo estrictamente necesario.
-Ya puede pasar. Vaya hasta el fondo del pasillo –susurró con voz oronda el
hombretón, desde una sonrisilla babosa a la que Cecilio prefirió no
dar interpretación alguna.
Traspasó la puerta a regañadientes y maldiciendo en voz
baja y avanzó por un corredor cubierto por alfombras con
dibujos orientales y cuadros de dudoso gusto a lo largo de las paredes. Al
fondo había una puerta también de dos hojas que comenzaron a desplegarse.
Cecilio, escarmentado, se detuvo a una distancia
prudencial y adoptó una posición de púgil en guardia. Al otro lado apareció una
figura más estilizada que la anterior aunque con una prominente barriga como
tarjeta de presentación. Vestía un pijama de seda
azul marino, sus ojos eran grandes y tristes, tenía poco cabello y lo llevaba descolocado, dijo
llamarse Octavio Bonet y le ofreció la mano derecha. Un frío
apretón, mientras se escudriñaban el uno al otro, bastó como
saludo.
-Por favor, pase… señor Bram… -habló Octavio
Bonet desde una voz suave, intermedia, de las llamadas de barítono,
algo que chocó a Cecilio, que recordaba el chirrido que le habló por
teléfono.
-Ah… sí… claro… -balbuceó Cecilio en su tono cascado.
-…siéntese y póngase cómodo, ¿quiere algo?...
Cecilio quiso coñac.
Se dejó caer en un elegante sillón rojo y se meneó con incomodidad pues su
cuerpo quedaba como engullido por un diseño blando y de ergonomía
ajena Encendió un cigarrillo como pudo mientras esperaba y contemplaba.
Era una sala amplia, algo desangelada, con suelo de parqué, un gran
ventanal al fondo y un acuario de casi dos metros de largo en el que
chapoteaban exóticos peces de colores.
Octavio Bonet llegó portando una taza de leche humeante que puso en una
mesilla y el hombretón, a su lado, una copa de coñac
que ofreció a Cecilio, guiñándole un ojo.
-Disculpe los modales de Uberto… es algo brusco, pero
necesario… ya sabe, la seguridad…
-No se preocupe, ha sido muy cariñoso…
Observando Cecilio al señor Bonet allí de pie, la tripa como
metáfora absoluta, comprendió que tenía
ante sí a un hombre estropeado, envejecido. Tendría unos cincuenta años,
y aparentaba diez más. Las manos, tristes y patéticas, hundidas en
su pijama azul. Resultaba increíble que aquel tipo fuera el mismo galán que
había visto Cecilio en las revistas del corazón junto a su despampanante mujer.
Los Bonet de vacaciones en Miami. El señor Bonet recibiendo el
premio 'Solidarios del año' en la gala anual de la Cruz Roja. La señora
Bonet tomando el sol junto a su piscina de Ibiza. Una pareja de ensueño. El
matrimonio Bonet se deja ver en la Feria de Abril. Eva Bonet luciendo
unas piernas interminables en un sarao de Sotogrande. Octavio
Bonet esquiando en Baqueira Beret.
Un hombre en la cúspide.
Ahora parecía un gusarapo tocando fondo. O casi.
Octavio Bonet se sentó en la esquina derecha del
sofá, aunque inclinado hacia adelante, hacia Cecilo, con la mesita
de cristal entre ambos.
-Se preguntará usted por qué un hombre de mi posición
solicita los servicios de un… con todos los respetos… de un detective de
tercera… -comenzó tras dar un sorbo de su taza y volver a colocarla sobre el cristal.
-Pues… sí, ahora que lo dice, sí…
-contestó Cecilio recordando el destartalado ático del tal Ernesto Bram y
preguntándose al tiempo, impaciente, dónde diablos estaría la señora
Bonet.
-Mire, señor Bram... por desgracia... se han puesto muy de moda los
detectives... demasiado, ya sabe... Hoy por hoy se les busca más a ellos que al
contrario... El mundo al revés... Los de la prensa andan como lobos tras
ellos... buscando carnaza... En cambio a usted... -dejó las palabras en el aire
y, tras dar otro sorbo, fijó su triste mirada en los ojos de Cecilio.
-...a mí no me persiguen periodistas...
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Nueva novela
sábado, 27 de abril de 2013
La casa de los padres y un músico callejero
Cecilio Gelasio -la mochila al hombro, la sudadera y los guantes dentro, la funda con el saxofón colgando de una mano- atrancó la puerta del ático y se dirigió a la boca de las escaleras del edificio, que se hallaba a oscuras y en silencio. Sin encender luz alguna fue bajando los escalones con
precaución, procurando no hacer ruido.
No se topó con nadie y,
ya fuera de la finca, las
calles se hallaban tan animadas que le
resultó sencillo pasar inadvertido, tal como si fuera invisible.
Cerca de allí, en la plaza de La Candelaria, agarró su vieja Haotian negra de 50 centímetros cúbicos y, acompañado por un impreciso batiburrillo de ideas e inquietudes, puso rumbo a casa.
Cerca de allí, en la plaza de La Candelaria, agarró su vieja Haotian negra de 50 centímetros cúbicos y, acompañado por un impreciso batiburrillo de ideas e inquietudes, puso rumbo a casa.
A punto de cumplir la treintena Cecilio vivía en casa de sus padres, una coqueta vivienda en propiedad en pleno
barrio de La Viña. Sus padres
habían sido cosidos a navajazos en una reyerta que se desencadenó en la plazuela del Tío de la Tiza, hacía ya unos años, durante los carnavales. El suceso conmocionó a la ciudad de Cádiz y a pesar del tiempo transcurrido las circunstancias aún no habían sido satisfactoriamente aclaradas, al menos, no según el parecer de algunos. Su hermano
Onésimo, que se encontraba cerca de la plazuela, voló hacia allá como una bala envenenada y allí mismo le endosó una cuchillada mortal a quien él creyó verdugo de sus viejos, un inglés de pasado oscuro que llevaba
tiempo malviviendo por las calles del barrio. Pero no había sido el inglés. Eso se supo más tarde. Eso y poco más. Nadie recordó cómo ni por qué se
inició todo, nadie pudo asegurar haber visto quién o quiénes navajearon a los Gelasio. Nadie se acordaba de nada. Ni siquiera Onésimo fue capaz de reconstruir mínimamente qué
diablos había sucedido, por qué se fue directo para el inglés o de dónde salió la perica asesina, la cual él siempre negó que fuera suya o que llevara encima pero que, en todo caso, resultó ser la misma que había acabado con la vida de sus padres. Onésimo Gelasio sería finalmente el único condenado por los tres asesinatos, a pesar de las muchas dudas que no dejaron de revolotear en la mente de todos. Pero la memoria colectiva y las evocaciones individuales coincidieron todas en no ser más que farragosos conglomerados sin sentido alguno repletos de lagunas, disfraces sucios, cuplés variados, lluvia pertinaz, charcos y alcohol. Cecilio declaró encontrarse en San Juan de Dios a la hora de los hechos, disfrazado de pierrot, aunque nadie pudo corroborar tal cosa, si bien tampoco la policía consiguió demostrar su presencia en La Viña ni una mínima relación con lo ocurrido.
Tras aquello y el ingreso de su hermano en Puerto II él se instaló sin demora en la desamparada casa y desde entonces mantenía en alquiler una habitación de
la misma, y en ocasiones incluso negociaba el sofá-cama que oportunamente se agenció para
ello, a estudiantes, guiris o gente de
la calle. A veces Cecilio Gelasio también se
alquilaba a sí mismo. Su aspecto físico lo convertía en un bocado muy codiciado: cuerpo musculado, fibroso, cabello negro, ensortijado y rebelde, rostro de facciones duras, ojos sombríos y mirada profunda, como en meditación continua. En el trato resultaba Cecilio una persona grata, accesible, con sentido del humor, lengua ágil y al tiempo ese halo canalla y las dudas que sobre él pesaban que atraía aún más si cabe a mujeres y hombres. Y Cecilio Gelasio era un tipo de dejarse querer. Y comprar.
La casa estaba vacía cuando llegó, por lo que guardó el saxofón en su habitación y cerró con llave, como de costumbre. El cuarto de alquiler lo ocupaba ahora un músico callejero que se hacía llamar Gipsy. Fue Gipsy quien le encargó el asunto del saxofón. Algo tremendo, se admiraba aún Cecilio, más sencillo de lo que jamás hubiera imaginado y, además, por trescientos pavos del ala que me ha apalabrado el nota...
Mientras se daba una ducha rápida masticó el asunto en el que tras la llamada de Octavio Bonet estaba a punto de embarcarse. No era ninguna menudencia. No señor. Para empezar, era evidente, suplantación de identidad. La de ese tal Ernesto Bram. Y después... a saber cuántos delitos más no estaría a punto de cometer.
La casa estaba vacía cuando llegó, por lo que guardó el saxofón en su habitación y cerró con llave, como de costumbre. El cuarto de alquiler lo ocupaba ahora un músico callejero que se hacía llamar Gipsy. Fue Gipsy quien le encargó el asunto del saxofón. Algo tremendo, se admiraba aún Cecilio, más sencillo de lo que jamás hubiera imaginado y, además, por trescientos pavos del ala que me ha apalabrado el nota...
Mientras se daba una ducha rápida masticó el asunto en el que tras la llamada de Octavio Bonet estaba a punto de embarcarse. No era ninguna menudencia. No señor. Para empezar, era evidente, suplantación de identidad. La de ese tal Ernesto Bram. Y después... a saber cuántos delitos más no estaría a punto de cometer.
-Es conmovedor... –masculló su voz cascada bajo la lluvia doméstica- ...pero nada sé de
leyes…
Efectivamente Cecilio Gelasio no sabía nada de legislaciones, de hecho, ni siquiera recordaba con exactitud qué fue aquello que no llegó a terminar, si la EGB o la ESO, o si acaso se fue él o lo echaron del colegio. Pero su carácter espabilado y observador hacía que aprendiese rápido, y
pasaba por tener un conocimiento de las cosas de la vida y del mundo muy apañado, del que no perdía ocasión de alardear.
-El simple hecho de tener cerca a la Bonet, de ir a verla, ya merece la pena... es como si tuviera una cita con ella... -continuó su voz cascada farfullando mientras se frotaba enérgicamente con una toalla- ...además de, claro está, la pasta que hay en el tema...
Con la clara resolución de comprobar primero in situ de qué iba en realidad todo aquello y solo entonces decidir qué hacer, salió del baño, se puso ropa limpia –unos vaqueros y una camisa planchada- y alcanzó el papel con los datos de la Wikipedia junto a aquel donde había apuntado la dirección de Octavio Bonet: Avenida de Bahía Blanca, 12.
Antes de salir se hizo en la cocina con un trozo de sándwich envuelto en papel albal y en la salita tomó prestados una libreta de tapas negras y un bolígrafo que vio sobre el sofá.
-...Alea jacta est...
-El simple hecho de tener cerca a la Bonet, de ir a verla, ya merece la pena... es como si tuviera una cita con ella... -continuó su voz cascada farfullando mientras se frotaba enérgicamente con una toalla- ...además de, claro está, la pasta que hay en el tema...
Con la clara resolución de comprobar primero in situ de qué iba en realidad todo aquello y solo entonces decidir qué hacer, salió del baño, se puso ropa limpia –unos vaqueros y una camisa planchada- y alcanzó el papel con los datos de la Wikipedia junto a aquel donde había apuntado la dirección de Octavio Bonet: Avenida de Bahía Blanca, 12.
Antes de salir se hizo en la cocina con un trozo de sándwich envuelto en papel albal y en la salita tomó prestados una libreta de tapas negras y un bolígrafo que vio sobre el sofá.
-...Alea jacta est...
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