martes, 18 de marzo de 2014

'Del tamaño de una canica'


El tiempo. El espacio. Dejar de ser. Tiempo y espacio  enfangados uno y otro hasta diluirse en una mota de polvo gris en algún lugar del cerebro que hace plop. O no. Y desaparece en un pitido indeleble. La sensación de hallarse entre emanaciones tóxicas y negras con la mente saturada de espejos deformantes que acaso sean la vida de uno. La sensación de que se desdibujan los contornos de la razón. La sensación de que no existe sensación alguna. No hay  diferencias lumínicas ni acústicas entre el día y la noche. Hay una pauta fija, inalterable. Despega con pausa los párpados del ojo izquierdo y las dos membranas ya abiertas no impiden que la oscuridad más absoluta persista frente a él, alrededor de él, cubriéndolo como un útero materno. Ni un asomo de luz.  Su propia respiración mortecina es el único y espaciado sonido. En su cabeza hay un dolor intenso, un foco concentrado, latiendo en su hemisferio derecho. Como si le fuera a estallar medio cráneo de un momento a otro. Una  punzada desciende por la frente dejando a su paso un rastro de picazón hasta situarse sobre el ojo derecho, cuyos párpados también consigue abrir, aunque con mayor esfuerzo, con dolor, como si le arrancasen lentamente un esparadrapo del pecho. Una noche cerrada, eterna. Como ser ciego. Lame sus labios desde una comisura a la otra y detecta un sabor  salado y reseco. Intenta emitir algún sonido pero  el esfuerzo lo lleva a toser. A toser mucho, a doblarse sobre sí y a advertir que se halla vencido sobre  un suelo de baldosas. Una pared a su espalda. Ni  manos ni  piernas han sido atadas. Y de repente, como si viajara en un galeón a la deriva, siente que todo se viene abajo, se estremece, se bambolea,  todo da vueltas y le arriba la náusea.  Vomita con un ímpetu que le desgarra la garganta y el ramalazo hediondo mezcla de coñac, atún, café y ácidos gástricos que invade la cerrada atmósfera parece abrir una rendija en su memoria blindada,  un resquicio que al instante se desvanece y vuelve a dejar en blanco su mente. O en negro. Le resulta dañino intentar establecer asociaciones mentales y aún más mediante esos efluvios. El cerebro por momentos se comprime hasta adquirir el tamaño de una canica.  Vuelve a cerrar los ojos. La misma opacidad oscura rodeándole. Da igual abrirlos que cerrarlos. Con cuidado acerca la palma de la mano derecha sobre su ojo derecho. Una brecha le cruza la frente hasta alcanzar la ceja.  Intenta alzarse y, ya erguido,  el suelo se agita bajo sus pies descalzos y le hace iniciar una insensata danza hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, tambalearse hasta que  tropieza y cae sobre algo blando. Un colchón. Tantea con las manos y  percibe que no hay sábanas, ni mantas. Tampoco es una cama. Una colchoneta sobre el suelo. Una almohada igualmente a pelo. Consigue adoptar una postura horizontal, bocarriba. Quiere gritar pero cree estar mudo. Esta vez no hay tos. Ni vómito. Quiere pensar palabras. Es difícil componer una frase. Un signo de interrogación se instala en su pensamiento. Es grande y blanco. Con su punto abajo. O no. ¿Abre o cierra? Un cisne blanco. Y su cerebro se tiñe de blanco. O de negro. Girándose hacia su lado izquierdo va adoptando poco a poco la posición fetal. Hace calor, pero Cecilio Gelasio está temblando.